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El triunfo de Donald Trump y los riesgos de la democracia

El triunfo de Donald Trump y los riesgos de la democracia
noviembre 25
09:22 2016

La política como ética de la responsabilidad, como proceso de construcción de acuerdos y soluciones parciales e incrementales, carece del brillo de los discursos grandilocuentes que atrapan a las masas. 

En contra de todas las encuestas y los análisis, Donald Trump volvió a dar la sorpresa y se convertirá en el 45° presidente de los Estados Unidos. La victoria de un candidato sin una visión estructurada de los problemas de su país y el mundo, sin experiencia y, sobre todo, con claras tendencias fascistas, debe ser leída como una victoria de la antipolítica, es decir, como un rechazo total y visceral al establishment y a la poca capacidad mostrada por las instituciones de la democracia representativa para dar respuestas satisfactorias a los problemas de los diversos grupos sociales, particularmente aquellos que se sienten excluidos.

Ante todo, debe subrayarse que, a diferencia del mensaje mejor estructurado de Hillary Clinton, el discurso estridente y maniqueo del candidato republicano fue mucho más eficaz para conectar con un amplio espectro de ciudadanos enojados y temerosos ante los eventuales efectos de la globalización, el cambio del perfil sociodemográfico del país y la emergencia de valores cosmopolitas. Este perfil de los seguidores de Trump es un factor que explica en buena parte el resultado. El mayor entusiasmo de los partidarios de Trump, quienes se involucraron en la campaña con un espíritu de cruzada, fue claramente contrastante con la adhesión menos comprometida en el nivel emocional de los partidarios de Clinton y marcó una diferencia.

Por otro lado, en un nivel más puntual, no se debe perder de vista que la campaña demócrata encontró su Waterloo en tres estados que tradicionalmente han tendido a votar por el partido. Clinton no pudo vencer los temores de los trabajadores blancos de Michigan, Wisconsin y Pennsylvania. Por el número de votos electorales que dichos estados representan (46), el triunfo en estos estados hubiese modificado el resultado final: Clinton habría obtenido al menos 274 votos electorales; de ahí que la derrota por menos de un punto porcentual en cada uno de ellos fuese particularmente dolorosa.

Pero una vez que Trump se convirtió en presidente electo, la pregunta a plantear es en relación con los posibles efectos de sus propuestas. Como se ha venido insistiendo desde hace meses en distintos foros, el escenario de la presidencia de Trump no sólo plantea incógnitas; representa riesgos concretos en distintos ámbitos.

En el plano interno los principales riesgos se refieren a la propuesta de revertir la reforma del sistema de salud del presidente Obama; la reducción de impuestos a los sectores de más altos ingresos, política ya adoptada por otros gobiernos republicanos y que nunca se ha traducido en mayores niveles de inversión, sino en procesos más intensos de concentración de la riqueza y la adopción de una política comercial de corte proteccionista y la eventual aplicación de aranceles a las importaciones, medida que sin duda implicará presiones inflacionarias y pérdida de competitividad.

En el plano externo, los principales riesgos son el cuestionamiento de las alianzas que han brindado seguridad a las naciones de Europa Occidental y de Asia Oriental y el debilitamiento de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte); la cancelación definitiva del proyecto del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) y el desconocimiento de los compromisos asumidos por Estados Unidos en materia de combate al cambio climático.

En relación con México, de sobra es sabido que los principales riesgos consisten en una revisión desventajosa del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y en la adopción de una agresiva y xenófoba política en materia de inmigración. Más allá de la construcción del muro en la frontera, los riesgos principales se asocian con la reversión de las medidas ejecutivas del presidente Obama que ofrecían un relativo alivio a los migrantes, la posible deportación masiva y los intentos de cortar los flujos de remesas, amén del clima de hostilidad en contra de nuestros connacionales.

Ahora bien, ¿hasta dónde podrá Donald Trump impulsar esta agenda? En el marco del sistema de pesos y contrapesos que en buena medida define la esencia de la vida política norteamericana, un presidente enfrenta restricciones institucionales que le impiden gobernar como un monarca absoluto. La pregunta, sin embargo, es si un Congreso con mayoría republicana en ambas cámaras (y con una Suprema Corte de Justicia más alineada con la agenda populista) será un contrapeso suficiente para contrarrestar los excesos proteccionistas y aun racistas del mandatario. Dicho en otras palabras, ¿podrán los republicanos moderados que todavía están en el Congreso apelar a lo que ha sido la línea política tradicional del partido y enfrentar los excesos de su presidente?depositphotos_42356609_m-2015

Para dar respuesta a esta pregunta es preciso considerar la problemática que habrá de enfrentar en los próximos años el Partido Republicano. De entrada, es preciso considerar cómo el conservadurismo moderado del partido ha sido objeto del embate de distintas corrientes radicales de derecha que, poco a poco, se ha adueñado de la narrativa partidaria. Primero fue la derecha evangélica; le siguió el Tea Party y, ahora, el populismo radical, nativista y agresivo de los seguidores de Trump, donde sin recato alguno los postulados de la alt-right (derecha alternativa muy próxima al neonazismo) y las nostalgias sureñas por el pasado previo a la Guerra de Secesión se muestran e imponen a través de un discurso agresivo. En este contexto, se observa cómo el republicanismo moderado, por razones estratégicas y para no perder las posiciones que detenta, guarda silencio. El riesgo es que, al cabo de algún tiempo, el Partido Republicano deje de ser lo que tradicionalmente ha sido (la expresión de un conservadurismo moderado e institucional) para convertirse en un partido de extrema derecha.

En el mediano y largo plazo, los riesgos pueden ser más sutiles, pero más profundos y graves. Estados Unidos es, desde hace ya bastante tiempo, una nación dividida. Las crecientes desigualdades socioeconómicas, pero sobre todo la enorme e insalvable distancia entre la cultura de un país urbano, cosmopolita y liberal y la de un país parroquial, conservador y con fuertes proclividades racistas y nativistas, se expresan en resultados electorales cerrados; de hecho, vale la pena traer a colación que, en términos de voto popular, Hillary Clinton superó a Donald Trump.

Pero al margen de estas profundas divisiones, en Estados Unidos existía un mainstream, una suerte de centro político en el que se procesaban las diferencias y en donde las posturas extremas no tenían cabida. El problema es que ahora el fenómeno Trump ha dinamitado la noción de centro. En estos momentos, no hay en Estados Unidos una versión de mainstream aceptable por las distintas fuerzas políticas y sociales.

Asimismo, debe considerarse que estas tendencias no deben subestimarse como un fenómeno pasajero. De hecho, para entender el fenómeno Trump y su éxito es preciso ubicarlo en el contexto más amplio de los movimientos populistas y nacionalistas que proliferan en distintas partes del mundo. El avance del Frente Nacional en Francia (convertido en el partido más votado), el Brexit, el posible triunfo del candidato neonazi en las elecciones austriacas o, en el caso de Italia, de la Liga Norte y el movimiento de las Cinco Estrellas, así como el sostenido avance de partidos antisistema que manejan un discurso de odio, exclusión y miedo al mundo contemporáneo en países como Holanda, Dinamarca, Alemania, Noruega y Finlandia son una muestra del descontento y la crisis de representatividad de las democracias y de cómo esta situación es aprovechada por los impulsores de un discurso maniqueo que promete recuperar un pasado que supuestamente fue mejor.

Los movimientos antipolíticos ganan terreno. La demagogia se alimenta en el temor y, de esta manera, la emoción se impone a la razón. La política como ética de la responsabilidad, como proceso de construcción de acuerdos y soluciones parciales e incrementales, carece del brillo de los discursos grandilocuentes que atrapan a las masas. El ideario democrático liberal ya no despierta entusiasmo.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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