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TLCAN: Continúa la incertidumbre

TLCAN: Continúa la incertidumbre
septiembre 19
2018

Durante la campaña por la presidencia fue frecuente que el entonces candidato Donald Trump definiese el TLCAN como “el peor acuerdo comercial de la historia”. Se llegó a temer que, una vez instalado en la Casa Blanca, procedería a denunciar el Tratado y a iniciar los trámites para la salida de Estados Unidos, tal como lo había hecho con el Trans Pacific Partnership (TPP).

Sin embargo, el intenso cabildeo desplegado por el sector empresarial y por gobernadores y legisladores de ambos partidos persuadió a Trump no de las bondades del Tratado, sino de inconveniencia política de darlo por terminado, de tal suerte que hace poco más de un año iniciaron las negociaciones entre Estados Unidos, México y Canadá para actualizarlo y pactar un TLCAN 2.0.

Tampoco se puede olvidar que, desde el inicio de las negociaciones, el presidente Trump manifestó su preferencia por negociar dos acuerdos bilaterales en lugar de uno trilateral. A pesar de que en términos discursivos no se ha dejado de afirmar el carácter trilateral del acuerdo, el propósito de avanzar por la vía de dos acuerdos bilaterales no ha sido del todo archivado.

A la luz de estos antecedentes, los hechos recientes plantean interrogantes en relación con la suerte del tratado trilateral. A finales de agosto, en medio de una atmósfera triunfalista, los presidentes Trump y Peña Nieto dieron a conocer que, tras cinco semanas de pláticas bilaterales, México y Estados Unidos habían alcanzado un acuerdo y que esperarían que Canadá se sumara a él.

Lo cierto es que se ha puesto a Canadá en una difícil posición de renunciar al pacto trilateral o aceptar los términos del gobierno de Donald Trump, particularmente en materias sensibles como la desaparición del mecanismo de solución de controversias establecido en el capítulo XIX (que México ya aceptó), la apertura de sectores como el de la madera y los lácteos, la propiedad intelectual y las reglas de origen para el sector automotriz.

Así, aunque la canciller Christya Freeland afirmó que la aceptación por parte de México de que un 40% del valor de un vehículo sea producido por trabajadores que ganen 16 dólares por hora es un punto que allana el camino a un acuerdo, también fue enfática al señalar que Canadá no aceptaría un acuerdo desfavorable, sobre todo en los temas arriba apuntados y que, hasta ahora, han impedido que se adhiera al acuerdo.

La fecha establecida como plazo para que Canadá se sume al acuerdo responde a las necesidades políticas del presidente Trump y, en parte, a los deseos del presidente Peña de firmarlo antes de la conclusión de su mandato. De acuerdo con la legislación norteamericana, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos debe notificar al Congreso la intención del Ejecutivo de concretar el acuerdo alcanzado; treinta días después, deberá presentar un documento en el que se dé cuenta de lo acordado. Los legisladores podrán aprobar o rechazar el acuerdo, pero no podrán modificarlo y, en caso de no ser rechazado, el presidente podrá firmarlo justo antes de la celebración de las elecciones de medio término.

En caso de que esto no ocurra conforme a estos tiempos y el proceso se prolongue, el riesgo consiste en que un eventual cambio en la composición del Congreso adverso al Partido Republicano abriría la puerta a que sean los demócratas quienes tengan en sus manos la aprobación o el rechazo del acuerdo.

Por otro lado, no debe soslayarse que en declaraciones off the record, Trump haya afirmado que no había hecho concesiones a Canadá, pero que “no lo podía decir públicamente porque entonces sería muy insultante para el equipo canadiense”. Asimismo, a través de Twitter, el mandatario estadounidense señaló que “no hay una necesidad política de mantener a Canadá en el nuevo acuerdo del TLCAN. Si no hacemos un trato justo para Estados Unidos después de décadas de abuso, Canadá estará fuera”. También advirtió al Congreso de no interferir en las negociaciones, pues de otra manera “terminaré por completo el TLCAN y estaremos mucho mejor”.

La advertencia al Congreso de no interferir obedece en gran medida a las dudas surgidas a propósito de si es legalmente viable que el Legislativo acepte un acuerdo bilateral cuando el permiso concedido al presidente fue para negociar un acuerdo trilateral. En este sentido, la euforia en torno a que al menos ya se había asegurado un acuerdo bilateral fue prematura. Y si bien la reacción inicial de los mercados fue favorable, en la medida en que empezaron a difundirse los cuestionamientos de expertos y legisladores, la prudencia y aun algunas dosis de incertidumbre volvieron a incidir sobre su comportamiento.

Si a fin de cuentas el tratado trilateral es reemplazado por un acuerdo bilateral y el Congreso le da luz verde, cabe preguntar cuáles serían sus principales implicaciones para México. De entrada, aunque parezca una verdad de Perogrullo, seguiríamos teniendo acceso al mayor mercado del mundo que, por cierto, es el destino de tres cuartas partes de nuestras exportaciones. Adicionalmente, se conservarían las cadenas de proveeduría que han contribuido a la elevación de la capacidad competitiva de la región.

Otros aspectos incluidos en el acuerdo y que responden a las exigencias de la economía del siglo XXI son los relativos al comercio electrónico, las telecomunicaciones, la economía digital, la propiedad intelectual y los servicios financieros. Paradójicamente, esta puesta al día simplemente retoma los avances contenidos en el TPP rechazado por Donald Trump.

En relación con las propuestas de Estados Unidos que, casi desde un principio, empantanaron la negociación, cabe señalar que México logró que fuera retirada la propuesta de las ventanas de estacionalidad para el comercio agrícola y que la cláusula sunset, que hubiera significado una menor certidumbre para la inversión, se hubiese moderado.

No obstante, México cedió en temas como el capítulo XIX, las reglas de origen y la aceptación de que el 40% del valor de un vehículo fuese generado por trabajadores con salarios de 16 dólares por hora. No es que México deba seguir apostando a los bajos salarios como argumento competitivo, sino que el impacto de esta disposición en el corto y mediano plazo restarán atractivo al país como destino de inversión.

Desde el punto de vista de los objetivos del presidente Trump, el acuerdo bilateral sí contiene elementos que responden a su agenda populista y nacionalista; tales son los casos del debilitamiento de la jurisdicción de los paneles de arbitraje para la solución de controversias, de la elevación del porcentaje de contenido regional en el sector automotriz y de la exigencia de salarios más altos en dicho sector.

Desde una perspectiva optimista, puede verse en el acuerdo bilateral un avance que da respuesta a algunos de los más importantes puntos de conflicto de la agenda comercial bilateral. Con todo, la incertidumbre se mantiene en tanto no está clara la validez jurídica del acuerdo bilateral. Tampoco está resuelto el tema relativo a la participación de Canadá.

No es una cuestión de solidaridad con un socio como Canadá. Se trata de una diferencia de fondo entre un acuerdo bilateral y uno trilateral. Dadas las enormes asimetrías económicas y políticas entre México y Estados Unidos, para nuestro país siempre será mejor apostar por la multilateralidad en tanto ofrece la posibilidad de erigir un contrapeso al poder de Estados Unidos.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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