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70 años

Recuento, 70 años en la vida de México

Recuento, 70 años en la vida de México
junio 01
2019

Desafíos económicos, inestabilidad política y cambios sociales. Una descripción del actual panorama económico y qué se puede esperar de las medidas anunciadas.

En promedio, en el siglo XX, México era un país muy distinto al que es hoy. En aquellos tiempos estaban en marcha algunas transformaciones cruciales. Gran parte de la población era rural y dedicada a actividades agropecuarias, pero en la medida en que la industrialización avanzaba, aumentaban los flujos poblacionales del campo a las ciudades, lo que preludiaba una estructura social propia de un país urbano e industrial en la que las emergentes clases medias tendían a ganar peso.

Esos procesos se acentuaron durante el periodo llamado Desarrollo Estabilizador, que permitió un crecimiento económico elevado (alrededor de 6% anual) y bajas tasas de inflación (inferiores a 3%). La combinación de recursos naturales subutilizados y una fuerza de trabajo abundante encontró en la estrategia de desarrollo económico un suelo fértil. En sus etapas iniciales, la protección arancelaria, la concesión de subsidios, los generosos estímulos fiscales, así como la inversión pública en la infraestructura contribuyeron al éxito de la política de sustitución de importaciones. Así, durante los años 50 y 60, la actividad industrial se expandió y el nivel de vida de la población mejoró.

Además de los efectos económicos, la modernización impactó también, aunque de modo menos visible en un principio, al orden político. Una sociedad urbana con mayor nivel de escolaridad y el surgimiento de las clases medias, portadoras de valores y aspiraciones nuevas, plantearon retos formidables. No obstante, el principal desafío era que el viejo molde corporativo estaba rebasado por la realidad. El modelo autoritario, sustentado en la hegemonía de un partido oficial, enfrentó dificultades crecientes para procesar las demandas de una sociedad que ya no cabía en los estrechos límites de la organización corporativa (obreros, campesinos y sector popular). Irrumpieron conflictos en diferentes ámbitos (por ejemplo, con los médicos y los ferrocarrileros), pero fue el movimiento estudiantil de 1968 el que, con claridad meridiana, planteaba la cercanía de los lindes de la gobernabilidad autoritaria.

Vale la pena notar la coincidencia entre las manifestaciones de inconformidad que dieron lugar a la aparición de grupos guerrilleros en los años 70 como al agotamiento del Desarrollo Estabilizador. La inestabilidad política coincidió con el ingreso a una etapa de creciente desequilibrio económico, fruto de la resistencia del régimen al adoptar las medidas necesarias (reforma fiscal y apertura, entre ellas) para conducir a la economía por un sendero en el que el crecimiento estuviese basado en mayores niveles de productividad y no en el proteccionismo y la falta la creciente liberalización económica. En los años 90, por tanto, se registraron cambios trascendentes en campos como la defensa de los derechos humanos, las libertades ciudadanas y las reglas electorales. La transición democrática se abrió camino y la pluralidad social, cultural, económica y política de la sociedad mexicana empezó a reflejarse en los órganos representativos del Estado. En 1997, por primera vez en la historia moderna, el partido del presidente había perdido la mayoría simple en la Cámara de Diputados, con lo que se inauguró la etapa de los gobiernos divididos.

Producto de esa nueva circunstancia, los fundamentos del régimen autoritario se desmoronaron. Se configuró un sistema de partidos plural y competido (pese a sus vicios), al tiempo que la división de poderes y el federalismo dejaron de ser letra muerta en la Constitución y se convirtieron en realidad efectiva, aunque llena de las contradicciones de una transición que no avanzó lo suficiente para instaurar formas novedosas en el ejercicio del poder.

La entrada de México al GATT y la adopción de los principios del equilibrio presupuestario favorecieron el tránsito de un modelo económico proteccionista a uno liberal.”

Del año 2000 al 2018, los cambios políticos fueron notorios y positivos: certeza electoral, libertades civiles vigentes, división de poderes y afirmación de la pluralidad. Sin embargo, la democracia instaurada no logró acreditar su capacidad de gobierno.

Por un lado, con excepción del Pacto por México, la construcción de acuerdos estuvo supeditada a los intereses partidarios. Por otro, sin demeritar los logros en terrenos específicos, los gobiernos de los expresidentes Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña fueron incapaces de responder a las demandas más sentidas de la población, en particular en materia de seguridad, crecimiento económico y combate a la corrupción.

En ese marco, la clase política, en conjunto, perdió credibilidad. Las instituciones clave del régimen democrático, como el Congreso y los propios partidos políticos, dejaron de inspirar confianza a la ciudadanía, según lo registraron las encuestas. El hartazgo y la incredulidad se convirtieron en la nota dominante del clima político del país, y quien mejor entendió ese humor social fue Andrés Manuel López Obrador, y lo supo capitalizar para cosechar una victoria contundente en los comicios de 2018.

Así, transcurridos 70 años de cambios y dificultades políticas y económicas, México se encuentra en el umbral de la llamada Cuarta Transformación. Aunque la promesa que enarbola ha resultado atractiva para un sector mayoritario de la población, lo cierto es que su perfil aún no está bien delineado. El actual panorama económico es complejo y las medidas anunciadas, que en mucho recuerdan a las adoptadas en la década de los 70, no logran inyectar la estabilidad que se requiere para detonar la inversión productiva.

A su vez, el panorama político parece apuntar en el sentido de un proyecto claro de concentración del poder que, en apariencia, busca reeditar la figura del presidente todopoderoso. El embate a los órganos autónomos, la figura de los superdelegados, la iniciativa de revocación de mandato y la intención de incrementar el número de ministros en la Corte, junto con el acaparamiento de la narrativa pública, indican que nuestra imperfecta democracia enfrenta serios riesgos.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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