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Progreso económico y social: Innovación e inversión en I+D, no todo es cuestión de dinero

Progreso económico y social: Innovación e inversión en I+D, no todo es cuestión de dinero
marzo 01
2019

La I+D es un bien social muy necesario, pero escaso en estos tiempos poscrisis financiera. En este artículo se investigaron los determinantes no económicos que hacen que la inversión en I+D crezca en un país sin involucrar gasto público.

La inversión en I+D+I (Investigación, Desarrollo, Innovación) es el eje del conocimiento, la tecnología y el desarrollo. Si los gobiernos quieren crear innovación, deben fomentarla. No es casualidad, sino causalidad que los líderes en el tema sean países cuya riqueza bien distribuida —Producto Interno Bruto (PIB) per cápita— es mayor. En definitiva, este esfuerzo inversor ha demostrado ser fuente de desarrollo y prosperidad, hasta ser un bien público (Hall y Van Reen, 2000),y debería traducirse en una referencia para los inversores y un sector que concentra una alta tasa de financiación pública y privada. Nada más lejos de la realidad, pues el nivel es inferior al nivel óptimo y socialmente necesario (Nakamura, Tiessen y Diewert, 2003).

Los datos proporcionados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y la World Federation of Science Journalists indican que la Unión Europea ha tenido que posponer hasta 2020 el objetivo planteado para 2010 de que la inversión en I+D+i suponga 3% del PIB conjunto. El caso europeo no es la excepción y sólo seis países ( Japón, Israel, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Corea del Sur) superan ese porcentaje. En honor a la verdad, es preciso reconocer que existe otro grupo formado por Austria, Alemania, Suiza y Estados Unidos de América (EUA) que se acerca a la cifra, pero el resto de las naciones se encuentra lejos, máxime si tenemos en cuenta que en amplias zonas, como África, el objetivo se reduce a alcanzar 1% del PIB.

Son varios los motivos que explican esta situación de baja financiación generalizada en I+D+i. Por una parte, las actividades de investigación y desarrollo implican asimetrías informativas (la dificultad inherente de hacer comprender al mercado su rentabilidad cuando se hace necesaria una reserva sobre las actividades para mantener ventajas competitivas) (Akerlof, 1970); y por otra, este tipo de inversión resulta específica (la mayor parte del gasto en I+D+i corresponde a salarios de personal especializado, cuya continuidad en la empresa es necesaria por el proceso de aprendizaje y para evitar la revelación de información sensible, Berstein, 1986). Además, la financiación en I+D+iva acompañada de una alta diferenciación del producto, flujos de caja específicos, alta concentración del sector, un mayor tiempo hasta la obtención de resultados, un costo superior de financiación externa o tasas de fracaso elevadas.

Además, un análisis reciente muestra que la crisis financiera de la que aún no se han recuperado, el alto endeudamiento de las empresas y la lucha contra el déficit público se han traducido en un sensible recorte de dichas partidas. Por tanto, se da la paradoja de la conveniencia y necesidad de inversión en I+D+i junto con su escasez. Para ello, partimos de tres hechos contrastados. La privada duplica a la pública (Unesco); ahí donde hay más inversión en I+D+i privada hay más crecimiento y los gobiernos de los países están más endeudados, por lo que su objetivo es combatir el déficit público(Banco Mundial).

Por consiguiente, debemos buscar la manera de fomentar la financiación privada, aliviando la inversión pública y, a su vez, ayudar a los gobiernos a fomentar esa innovación con medidas que no impliquen gasto público. De ese modo conseguiremos un doble crecimiento: por un lado, a través de la innovación, y por otro, mediante la mejora de las cuentas públicas. El planteamiento para aportar una solución plausible al problema de escasez de inversión como parte de la línea investigadora, propone como una solución la caracterización y posterior uso de aquellos determinantes que no impliquen grandes inversiones de dinero y que sean comunes a aquellas empresas donde se capta más inversión, y de este modo intenta replicar con medidas concretas y así aumentar la financiación privada de un país en esta materia. Esa línea investigadora sostiene qué aspectos no financieros y sí legales (Laporta et al., 2000) o estructurales actúan como determinantes en las empresas y consiguen atraer la inversión privada de una manera sencilla, imitando comportamientos comunes de empresas líderes en este tema.

Si los países y sus gobiernos quieren innovar, deben fomentar la inversión en I+D. No es casualidad, sino causalidad que los líderes en inversión sean aquellos cuya riqueza bien distribuida (PIB per cápita) es mayor”

Ese mismo enfoque puede extenderse a los países, centrando la atención en el modo en que la cultura logra fomentar la elección de la I+D+i como activo en vez de otro o en el modo en cómo características estructurales son determinantes no financieros, pero reales que consiguen incrementar el volumen total de inversión de un país concreto sin recurrir al gasto público. La cultura y mentalidad, la infraestructura óptima para la innovación,la legislación mercantil y la eficiencia empresarial de los países no son determinantes financieros, sino legales y estructurales, cuyo uso generalizado de una manera correcta evitaría el alto gasto público en I+D+i como medio de suplir la escasez de financiación privada. Estos planteamientos no son meras hipótesis, se puede demostrar su validez (Arellanoy Bover, 1990). Basta analizar una muestra del gasto realizado por cada país del que se disponen datos y descomponerlo según el tipo de inversor: privado, exterior o público. Esa información está disponible en las bases de datos de la Unesco, el Banco Mundial, el World Economic Forum, The Heritage Foundation, el KOF Swiss Economic Institute y el Hofstede (2001)

El análisis de toda esa información permite proponer soluciones a las interrogantes planteadas. En líneas generales, es preciso promover modificaciones culturales y estructurales en las regiones para incentivar el financiamiento privado. Esto no supone un gasto para los gobiernos, pero sí implica un esfuerzo normativo y un cambio de mentalidad general. Se observa que la inversión está condicionada por características culturales de los países, como la socialización global, la visión de la vida a largo plazo o la orientación al mercado de capitales y no a la banca, como ocurre en el caso de Corea del Sur y Japón. Asimismo, aquellas naciones que cuentan con una infraestructura académica de calidad y condiciones institucionales adecuadas para la innovación, como Estados Unidos y Suiza, consiguen atraer la inversión.

Y, sobre todo, la seguridad legal es el pilar fundamental de la inversión en I+D+i: sólo si existe, se invierte. Pero esta seguridad legal sólo es determinante en países faltos de ella y, además, es el único determinante no financiero. Sin embargo, en entornos con buena seguridad legal, si los países y sus gobiernos quieren innovar, deben fomentar la inversión en I+D. No es casualidad, sino causalidad que los líderes en inversión sean aquellos cuya riqueza bien distribuida (PIB per cápita) es mayor. deja de ser un atractivo y es cuando actúan el resto de determinantes culturales y estructurales no financieros comentados. En consecuencia, se constata una marcada separación entre un conjunto de países más pobres, que buscan seguridad legal, y un mundo de países más desarrollados, donde los inversores buscan otros alicientes mayores obviando esa seguridad legal que se da por supuesta.

CONCLUSIONES

La inversión en I+D+i es necesaria, pero escasa. Se debe fomentar y el modo es distinto según si el país invierte o no. Vivimos en un mundo partido en dos. Un mundo pobre que tiene en la seguridad el único estímulo,y un mundo rico en el que lo básico deja de importar para hacer necesarias otras cosas. Retomando el adagio clásico: Primum vivere deinde philosophari, aquí radica una ventaja de ser pobre en innovación, pues los países de escasa inversión pueden conseguir logros con sencillas modificaciones legislativas que conllevan apenas gasto público como la eficacia de la justicia, la protección de los inversores o la legislación de patentes. En contraste, los países innovadores deben dar pasos adicionales más caros para conseguir resultados marginales cada vez menores.

Se trata de educar en una cultura abierta, en una mentalidad a largo plazo y en un mercado inversor no dependiente de la banca, además de promover la alta formación de profesionales y promocionar las instituciones de investigación de calidad. Se requiere un esfuerzo por construir un nuevo marco legal, institucional y cultural. ¿Aprovecharemos la oportunidad?

Félix J. López Iturriaga
Universidad de Valladolid
Emilio J. López Millán
Instituto Castellano de Inversión y Desarrollo

Este artículo es una reseña del original, titulado Innovación e inversión en I+D: no todo es cuestión de dinero, publicado por AECA 122, junio 2018. Autores originales: Félix J. López Iturriaga, Universidad de Valladolid, y Emilio J. López Millán, Instituto Castellano de Inversión y Desarrollo.

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