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PRI, PAN, y PRD: Un futuro incierto

PRI, PAN, y PRD: Un futuro incierto
septiembre 23
12:44 2018

Uno de los principales resultados de la transición democrática fue el paso de un sistema caracterizado por el predominio de un partido hegemónico a un sistema plural y competido. PRI, PAN y PRD se erigieron en los actores clave de un tripartidismo que, en la elección federal del año 2000, sumó el 90% de los votos.

Sin embargo, ya en la elección de 2015 la suma de los votos de los tres partidos apenas rebasó el 50% del total de los sufragios. Al tiempo que avanzaban algunos partidos pequeños (PVEM y MC, principalmente), el voto se fue fragmentando al grado que, de cara a los comicios de este año, se manejó la idea de que el ganador obtendría alrededor del 30% de la votación y que, para ganar, necesitaría de los votos que le pudiesen proporcionar los partidos pequeños.

El pronóstico no se cumplió en virtud de la irrupción y el vertiginoso ascenso de Morena, que supo capitalizar el enojo ciudadano y la profunda crisis de credibilidad en que estaban sumidos los otrora tres partidos mayores. El golpe sufrido ha sido demoledor y en cada uno de los tres partidos prevalece la incertidumbre respecto a su futuro.

En el caso del PRI, el partido que sufrió el revés más serio, el dilema consiste en encontrar el camino de la recomposición. En primer lugar, debe evitar la desbandada masiva hacia Morena. Son muchos los priistas que se sienten maltratados y que añoran la narrativa del nacionalismo revolucionario que ahora es propiedad de Morena. El PRI fue un partido con gran capacidad para incorporar a sus filas expresiones sociales de distinta naturaleza y aun de ideologías encontradas, pero que veían en el partido una vía eficaz para acceder a puestos de representación popular o a cargos públicos. Ahora ya no está en condiciones de ofrecer lo mismo; de ahí que Morena parezca una opción atractiva para muchos de ellos.

Adicionalmente, el partido enfrenta grandes dificultades para presentarse como una opción atractiva y creíble, capaz de reconquistar el favor ciudadano. Como ya se señaló, la bandera del nacionalismo revolucionario pertenece ahora a Morena, en tanto que el proyecto liberal, modernizador y de las reformas estructurales, al margen de su validez intrínseca, carece de credibilidad en gran medida porque se asocia con todo aquello que el PRI representa y es mayoritariamente repudiado por la ciudadanía.

Si el PRI quiere en verdad sobrevivir y volver a ser protagonista, debe experimentar una profunda transformación cultural. Asumir que el desprestigio que carga no es gratuito ni fruto de una mala estrategia de comunicación. Para ello será necesario la comisión de un verdadero parricidio y deslindarse de aquellos liderazgos y personajes emblemáticos que mejor ejemplifican lo que la sociedad rechaza, desde líderes sindicales hasta el presidente mismo.

Por su parte, el PAN, confiado en sus buenos resultados electorales de 2016 y convencido de que las alianzas eran indispensables para aspirar a la victoria, conformó un Frente que simplemente no cuajó debido a su carácter cupular. Ni en el PAN ni en el PRD se trabajó para construir un consenso amplio en torno a la conveniencia y al programa del Frente.

Y esta falta de convencimiento de las bases se inscribió en el marco de una profunda fractura derivada del choque entre las aspiraciones de Ricardo Anaya y Margarita Zavala. El resultado fue que no todo el panismo apoyó a su candidato a la presidencia e, incluso, al menos la mitad de los gobernadores surgidos de Acción Nacional, nunca manifestó un apoyo decidido a la candidatura de Anaya.

Es claro que el modo en que Ricardo Anaya se hizo de la candidatura generó numerosos enconos que dividieron al partido. Pero tampoco debe pasarse por alto el papel que en la debacle electoral desempeñó el llamado calderonismo, al parecer más interesado en el fracaso de Anaya que en el triunfo del partido. Prueba fehaciente de ello fue el apoyo explícito de algunos panistas a la candidatura de José Antonio Meade.

El hecho es que Anaya fracasó y que sus opositores ven en dicho fracaso la oportunidad para cobrar facturas y para hacerse del control del partido. Difícilmente Ricardo Anaya podrá permanecer al frente del PAN, aunque los estatutos lo permitan; su liderazgo está desgastado y, por tanto, debe buscar otras trincheras para tener futuro político.

Habrá relevo en el PAN. Pero la pregunta es qué deberá hacer la nueva dirigencia para recuperar el prestigio y la credibilidad que alguna vez tuvo. Se habla de rescatar sus principios humanistas, pero lo cierto es que ésta será una fórmula abstracta en tanto el partido no sea capaz de llevar a cabo dos operaciones clave. En primer lugar, tener un papel claro y protagónico en el combate a la corrupción y deslindarse de su participación en el llamado pacto de impunidad; en segundo lugar, dar contenido concreto al ideal humanista con una oferta programática que resulte atractiva para sectores de la sociedad ubicados más allá de su clientela tradicional.

En 2015, el PRD ya había dejado de ser un partido grande y quedó reducido a un partido apenas mediano. Ahora incluso enfrenta el reto de la sobrevivencia, pues sólo gracias a los votos conseguidos en las elecciones para diputados federales y senadores podrá conservar su registro, toda vez que en la elección presidencial no alcanzó el 3% de la votación.

Desde luego que la salida de López Obrador fue un golpe contundente. Sin el caudillo, el partido debió apostar por su institucionalización y por presentarse como una opción moderna de izquierda atractiva para el electorado. Mas no lo pudo hacer en vista de que el discurso socialdemócrata no fue acogido por una militancia más próxima a los viejos dogmas marxistas o a la propuesta de Morena; tampoco lo pudo hacer porque el partido hizo suyos muchos de los vicios de una clase política ante todo interesada en el interés personal y de grupo.

Son muchos los frentes que el partido tendrá que trabajar: elaborar una oferta política moderna y democrática, claramente distinta de lo que representa Morena; acercarse a la ciudadanía y, en particular, acompañar y reforzar a una sociedad civil con capacidad de propuesta y voluntad de incidencia, pero que es desdeñada por el virtual presidente electo; avanzar en la institucionalización del partido y democratizar sus mecanismos de toma de decisiones; y capacitar y convencer a una militancia que esté dispuesta a iniciar el camino de un partido pequeño que aspira a volver a ser grande.

Los tres partidos protagonistas de los primeros pasos de la transición democrática viven una severa crisis. Carecen de una oferta política clara y creíble, al tiempo que corren el riesgo de la desbandada de militantes y del rompimiento. La principal consecuencia de esta debilidad es que el próximo gobierno no tendrá enfrente una oposición responsable y con posibilidades de articularse con la ciudadanía para erigirse en un contrapeso efectivo.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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