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ONU, el desafío de la migración

ONU, el desafío de la migración
diciembre 01
08:00 2016

Es una tarea difícil pactar acuerdos concretos entre todos los países del mundo para que los refugiados tengan más oportunidades en las comunidades de acogida.

Uno de los grandes desafíos del mundo contemporáneo es el que plantea la movilidad de numerosos contingentes poblacionales que, por diversas causas, abandonan sus lugares de origen. El fenómeno no es nuevo, es una de las grandes constantes de la historia humana. Lo que, en todo caso, podría considerarse una novedad es su magnitud y su ubicuidad. Según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), 244 millones de personas viven en un país distinto al de su origen.

Gran parte de estos movimientos son “voluntarios” y obedece a la búsqueda de mejores condiciones de vida, sobre todo de mayores ingresos y oportunidades de empleo y desarrollo. Pero existe también el movimiento forzoso de contingentes poblacionales que, debido a la guerra, a la persecución política o religiosa o a condiciones extremas de inseguridad, huyen o son expulsados de su lugar de origen; es el fenómeno de los refugiados que, de acuerdo con la ONU, define la situación en que se encuentran 65 millones de personas.

Ya sea que nos refiramos a la necesidad de ampliación del espacio vital de los grupos de cazadores o recolectores o a los modernos flujos de personas que buscan mejores condiciones de vida o que huyen y buscan refugio en otro país, la movilidad humana es una realidad contradictoria. Por un lado, ha sido fuente permanente de conflicto, en tanto a menudo implica una dura competencia entre personas de diferentes orígenes e idiosincrasias por acceder a recursos, empleos y oportunidades limitados; por otro lado, ha sido también un factor clave del proceso civilizatorio en tanto presupone la interacción y el intercambio de visiones del mundo, de tradiciones artísticas y lingüísticas, de valores religiosos y políticos, amén de intercambios materiales.

Sin embargo, en la actualidad, el fenómeno se inscribe en un contexto particularmente complejo e, incluso, adverso. Las dificultades económicas de los países receptores, aunadas a un creciente rechazo a la clase política y a los procedimientos institucionales, ofrecen el caldo de cultivo idóneo para que grupos sociales que se sienten agobiados por su situación presente y temerosos de lo que el futuro les pueda deparar se aferren a un nacionalismo exacerbado que ve en el extranjero una amenaza. En otras palabras, el mayor flujo de migrantes y de desplazados coincide con la renovación de sentimientos nativistas en una gran parte de las naciones receptoras.

Este fenómeno es fácilmente observable en el caso de Estados Unidos de América, donde el programa xenófobo de Donald Trump ha sido objeto de una calurosa bienvenida de un sector importante de la sociedad estadounidense. También está presente en el movimiento que finalmente logró sacar al Reino Unido de la Unión Europea y, en general, en una amplia gama de partidos y movimientos, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, que enarbolan tanto el rechazo a la globalización como una beligerante actitud antimigrante.

De cara a esta situación, se llevó a cabo la Cumbre sobre Refugiados y Migrantes en el marco de la 71 Asamblea General de las Naciones Unidas. De acuerdo con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), los gobiernos de los 193 países miembros adoptaron compromisos clave para mejorar la protección de millones de personas que han sido desplazadas forzosamente o que han debido emigrar. Estos compromisos fueron recogidos en la Declaración de Nueva York, la cual, entre sus puntos más importantes, hace un llamado a los países que pueden reasentar o reunificar muchos más refugiados a que lo hagan, así como a los que tienen mayor capacidad económica para que aporten recursos que sean invertidos en las comunidades que acogen a un gran número de refugiados. Asimismo, la Declaración señala que los países de acogida están llamados a aumentar las oportunidades para que los refugiados adultos puedan trabajar y que los niños vayan a la escuela.

Como suele ocurrir con la mayor parte de los documentos consensuados en la arena multilateral, la Declaración recoge principios moralmente inobjetables. La interrogante se refiere a cuáles deben ser los requisitos a satisfacer para que estos principios se conviertan en un instrumento efectivo para cambiar para bien la vida de los millones de migrantes y refugiados.

La pregunta no es retórica. Si bien durante la Asamblea todos los jefes de Estado y de Gobierno presentes se condolieron del drama humano que acompaña al fenómeno de la movilidad, en la práctica la voluntad política para asumir un compromiso efectiva es sumamente dispar. Así, por ejemplo, en su intervención, la Primera Ministro del Reino Unido, Theresa May, al tiempo que lamentaba la situación en que se encuentran los refugiados, llamó la atención sobre los riesgos que supone una política de admisión de refugiados o migrantes. A su vez, varios líderes pusieron el acento en las restricciones financieras para desplegar una política de acogida que contribuya a aliviar y a facilitar la inserción de migrantes y refugiados a las sociedades receptoras. No es un asunto sencillo, tal como lo ilustran los recientes reveses electorales sufridos por el partido de la canciller Angela Merkel, sin duda relacionados con su decisión de abrir las puertas de Alemania a los refugiados sirios.

Aunque los jefes de Estado se condolieron del drama humano del fenómeno de la movilidad, en la práctica la voluntad política para asumir un compromiso es dispar.”

Para un país como México, dada su condición de expulsor de población y paso obligado para los migrantes centroamericanos, la relevancia es evidente. De ahí la postura del Presidente Peña, muy a tono con la Declaración de Nueva York, de rechazo a los discursos de odio y su llamado a alcanzar un gran acuerdo que promueva una migración ordenada y regulada.

Cabe recordar que hace seis meses, el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, señaló que, “cuando se aborda apropiadamente, aceptar refugiados es un beneficio para todos. Es conocido que los refugiados se entregan a la educación, al progreso y a ser autónomos. Los intentos de demonizarlos no solo son ofensivos, son objetivamente incorrectos. Pido a todos los líderes mundiales que contrarresten el estado de miedo con la calma, y que combatan la información inexacta con la verdad”.

La construcción de un acuerdo mundial implica la nada fácil tarea de pactar compromisos concretos en forma de fondos adicionales, nuevos lugares para reasentamiento o más oportunidades para los refugiados en las comunidades de acogida.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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