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Affectio Societatis

Nuestras sedes: Madero 26

febrero 28
15:13 2014

Al desear a todos un feliz 2014 que ya está caminando jovialmente, me da mucho gusto hacer un poco de historia, o mejor dicho, un poco de añoranzas de nuestra vida colegiada.

Reconozco con cierta pena haberme desviado de la línea que amablemente Javier García Sabaté y Roberto Danel me invitaron en 2008 a seguir en mis artículos para Veritas, de compartir algunas vivencias y recuerdos de nuestros maestros ilustres a quienes tuve el privilegio de conocer y de caminar a su lado en años pasados.

No pude evitar que los acontecimientos de nuestro ominoso presente me llevaran a criticar ciertas decisiones gubernamentales que nos afectan en temas de nuestra competencia, tales como el control y la auditoría gubernamental. Pero no lo vuelvo a hacer porque sirven de muy poco, como ha sucedido con mi oposición a la creación de la Comisión Anticorrupción o mi alusión a la pobreza cultural en materia de Control Interno.

Así pues, me propongo retomar el proyecto original de la bella idea Affectio societatis —que es un canto a la bondad y a la solidaridad, virtudes de las que tan urgidos estamos— y compartir mis nostalgias en torno a las sedes de nuestro Colegio y su buen peregrinar por los rumbos de esta maravillosa Ciudad de México.

En esta primera entrega haré un esfuerzo mayor porque no viví de cerca lo que voy a relatar: el tiempo incipiente de los primeros años en la calle de Madero; pero ya en mayo recrearemos las buenas vivencias de Dolores 17, para pasar a revivir la experiencia de Danubio 69 en la nota del siguiente julio; y de ahí seguir nuestros recuerdos hacia las instalaciones del Colegio en Bosques de las Lomas, que esbozaré en septiembre; y terminar mis entregas en noviembre festejando nuestro emblemático regreso al Centro de la Ciudad, en la sede alterna de Paseo de la Reforma.

Un franco y feliz homenaje a nuestra condición de habitantes de esta noble y leal Ciudad de México serán estas semblanzas, las que nos harán recrear también rumbos, paseos, barrios, colonias y breves historias callejeras de nuestra urbe, reviviendo el augurio de nuestros antepasados aztecas: “Mientras exista el mundo, seguirá viviendo la Gran Tenochtitlán”.

El Instituto Mexicano de Contadores Públicos (IMCP) se fundó en 1923 con la denominación de Instituto de Contadores Públicos Titulados de México; nuestro Colegio en 1949, luego de la aparición de la Ley de Profesiones. Superadas algunas dificultades de identificación y mutuo reconocimiento, el Instituto y el Colegio anunciaron en 1951 la inauguración de sus nuevas oficinas en el cuarto piso de Dolores 17. Pero según el libro conmemorativo de los 50 años del Colegio, la instalación tuvo lugar durante el bienio 1952-1954, durante la presidencia de don Sealtiel Alatriste Ábrego; entonces, ¿dónde vivió sus primeros años?

El Instituto tenía una pequeña oficina en Madero 26 —más propicia para las sesiones de sus líderes que el restaurant Giacomini de la misma calle en el que surgió la primera Asociación— en la cual compartía el interés por promover la incipiente cultura contable con don Pedro Gazca, fundador de la empresa Proveedora del Contador, bien conocida entonces de todos nosotros. En ella tuvieron lugar aquellos debates que culminaron felizmente con la fusión de los grupos nacientes.

La de Madero 26 era y sigue siendo una noble casona de tres pisos, con sus corredores y barandales sobre el patio señorial al que acudían personajes de pasos buenos y acompasados, hoy más comerciales y burdos que los de entonces. Pero ahí sigue, y convertida ya la añosa e histórica calle en arteria peatonal que a duras penas da cabida a los miles de compatriotas que la viven y transitan a toda hora, vale la pena ir a visitarla.

Por C.P. Jorge Barajas Palomo

Expresidente del IMCP y Exdirector del Boletín Semanal del Colegio

sarajab@prodigy.net.mx

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