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Muy cerca de mi ocaso…

Muy cerca de mi ocaso…
mayo 01
08:00 2018

Don Alberto, su cirugía está programada para el lunes en la mañana, venga usted preparado. Extraeremos el tumor que tiene usted debajo de la oreja derecha, que puede ser maligno o benigno. Los análisis son promisorios. Pero ya llegó la hora de la verdad. Estoy obligado a decirle que corre el riesgo de morir en la intervención. El riesgo es bajo, pero existe. ¿Alguna pregunta? ¿Alguna duda?

— Doctor, ¿existe otra alternativa?

— Una vida dolorosa que lo llevará a la muerte más pronto que tarde.

— ¡Adelante! El lunes estaré con ustedes en el hospital.

— Le tengo buenas noticias, Don Alberto. La intervención tardó más de tres horas, pero la consideramos un éxito. Trabajamos muy cerca de los nervios faciales, corriendo el riesgo de afectarlos y que quedase grabado su rostro de por vida. Afortunadamente no tuvimos que tocarlos. La herida que corre por debajo de la oreja hacia el cuello se irá reponiendo, pues tiene usted una buena cicatrización. Debe usted permanecer en el hospital por dos días y salir para su casa, donde con toda seguridad se sentirá más cómodo. No podrá usted hacer ejercicio o asolearse durante, cuando menos, una semana. ¿Alguna duda o pregunta?

— Gracias, doctor, como usted ha podido ver, mi hija Mónica ha estado presente todo el tiempo y les comunica a mis otros tres hijos por whats up (whatsapp), o sea en tiempo real, el curso de los acontecimientos. Dígame, ¿puedo seguir tomando mi tradicional copita de tequila, una sola copa, a la hora de la comida?

— Desde luego, y le recomiendo que suba usted a dos copas su ración, (no le he hecho caso y permanezco en una copa diaria).

Y en medio del inevitable, pero soportable dolor, un sinnúmero de reflexiones invadieron mi mente, pero solo destaco la principal: la unión de mis cuatro hijos (el mayor murió en un desafortunado accidente en la Bahía de Acapulco) para formar un equipo y atenderme de día y de noche en todo lo que fuese necesario.

Sentí con inmensa fuerza el valor de la familia. Mis cuatro hijos –y mi mujer, quien ya ronda al igual que yo, por los 85– no dejaron de estar conmigo de día y de noche para atender mis necesidades y aprovechar todas las que me ofrecía el hospital.

Pero más allá de su atención esmerada, sentí como nunca el inmenso cariño de cada uno de mis hijos, mismo que se cruzaba con el mío y con el de mi mujer, y provocaba una sensación de paz y amor indescriptible. Yo cerraba los ojos y me dejaba querer. Esta era la medicina que verdaderamente necesitaba y sigo necesitando.

La muerte me acecha a mis ya largos 85 años. ¿Un día? ¿Un año? ¿Tres años? ¿Cinco?… Dios tiene sus designios y solo nos toca acatarlos sin conocerlos.

Veo la vida como una montaña que empezamos a escalar desde pequeños y en cuya ruta encontramos todo tipo de experiencias: tormentas, lagos tranquilos, ríos apacibles, barrancos peligrosos, animales ponzoñosos, escenarios mágicos, sirenas que nos llaman para compartir su albergue… pero finalmente nosotros decidimos el camino o la brecha a seguir. Tenemos libre albedrío. Al llegar a la cúspide, agotados, contemplamos la ruta que seguimos y nos entusiasmamos o nos avergonzamos de ella. Frente a nosotros está el Todopoderoso para pedirnos cuentas. El maravilloso universo en el que habitamos y que nació hace miles de millones de años no pudo nacer de la nada. ¿Quién lo creó? Aquel que ahora está frente a nosotros para pedirnos cuentas. Llegó la hora de la verdad.

Por mi parte, le agradeceré con todo mi corazón la familia que me regaló y que fue mi más preciado tesoro. Nada más, pero nada menos. Y aquí, en la Tierra, tratando de alcanzar la felicidad a pesar de los contratiempos, me viene a la mente la poesía de Amado Nervo, En paz:

“Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas: cuando planté rosales, coseché siempre rosas… Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno, ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! Hallé sin duda largas las noches de mis penas; mas no me prometiste tan solo noches buenas; y en cambio tuve algunas santamente serenas… Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

Mañana será otro día.

C.P. Alberto Núñez Esteva
Presidente de Sociedad en Movimiento
alberto.nunez33@gmail.com

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