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Los retos de José Antonio Meade

Los retos de José Antonio Meade
diciembre 18
17:44 2017

La nominación de José Antonio Meade como candidato de unidad del PRI (y de paso del Partido Verde y Nueva Alianza) es un hecho insólito en la medida en que dicho partido nunca había la puerta a la posibilidad de postular a un no militante. La cuestión a dilucidar se refiere a las razones de la nominación del ex Secretario de Hacienda y los desafíos que su candidatura tendrá que enfrentar. Y lo primero que debe asumirse es que este movimiento insólito del priismo se inscribe en la lógica de la estrategia presidencial para ganar la elección del próximo año.

La premisa subyacente es obvia. La crisis de credibilidad que enfrenta toda la clase política, pero con mayor énfasis el PRI, aunada a los bajísimos niveles de aprobación de una gestión presidencial asolada por escándalos de corrupción, violación de derechos humanos y una espiral de violencia que parece no tener fin, indican que el PRI arranca la contienda en franca desventaja. En este escenario, resulta crucial nominar un candidato lo menos manchado posible por el desprestigio que arrastra el PRI. A través de su larga trayectoria en el servicio público, Meade Kuribreña se ha destacado como un funcionario eficaz y ajeno a los escándalos. Como él mismo declaró unos pocos días después de su destape, “no guarda cadáveres en el clóset”. Desde luego, recurrir a un no militante habla de lo devaluada que está la marca PRI; de ahí la convicción de que sólo con un candidato externo podría el partido ser competitivo.

Otro ingrediente clave de la estrategia del presidente Peña es crear las condiciones para que la contienda electoral sea sólo entre dos: el PRI con José Antonio Meade a la cabeza y Morena con López Obrador. La idea es que si la campaña se decanta como una lucha entre estas dos opciones, el voto útil de los independientes que ven con aprensión un posible triunfo de Morena podría dirigirse en favor de una oferta técnicamente eficaz y en principio honesta; de igual manera, algunos panistas inconformes podrían sumarse a este voto útil.

Sin embargo, para que este escenario se pueda concretar, es indispensable el fracaso de la coalición electoral del Frente Ciudadano por México (Por México al Frente). En este sentido, el gobierno, que cuenta con aliados en cada uno de los partidos que la integran, está y seguirá actuando para descarrilar una alternativa que, pese a todo, camina de acuerdo con su propia hoja de ruta.

En pocas palabras, las claves para que la candidatura de Meade sea competitiva son, por un lado, el voto útil y el debilitamiento del Frente conformado por PAN, PRD y MC.

La otra interrogante a responder se refiere a lo que podríamos denominar el doble reto de Meade. El primero consiste en lograr el apoyo real y efectivo del priismo; ser aceptado como uno de ellos: “háganme suyo” pidió el virtual candidato en sus encuentros con los sectores del partido. Es cierto que varios de los distintos puestos que ha ocupado en la administración pública (Financiera Rural, Hacienda y Desarrollo Social) le permitieron entrar en contacto con una amplia gama de liderazgos corporativos. Sin embargo, ello no se traduce de manera automática en una relación de confianza y en un apoyo efectivo. Las muestras de adhesión y las porras se explican más por el gusto por el ritual y la disciplina que caracteriza al partido que por la identificación con el candidato.

Precisamente por ello, conviene preguntar ¿a cambio de qué podría obtener el apoyo real y operativo de los sectores a su campaña? La pregunta es relevante en virtud de las implicaciones que un eventual pacto con el corporativismo (que permitiese a los sectores y sus líderes seguir viviendo de la exacción de rentas) tendría sobre asuntos como el combate a la corrupción, la modernización de la economía y la salud de la democracia.

En términos similares se puede entender el apoyo que, en principio, le deberían otorgar los gobernadores, piezas clave de la operación político-electoral. Los conoce a todos, pero cabe la duda de si ello será suficiente para asegurar que su capacidad de operación política juegue en su favor. La moneda de cambio podría ser un compromiso de no modificación sustancial del actual statu quo que garantiza a los ejecutivos locales grandes flujos de dinero y escasos controles sobre su uso.

No debe olvidarse que para las cúpulas del PRI lo importante es conservar el poder, mantener sus prebendas y asegurar su impunidad. ¿Será éste el precio a pagar por su lealtad y apoyo?

Ahora bien, el segundo gran desafío que habrá de enfrentar Meade Kuribreña consistirá en convencer a panistas inconformes y a independientes que la suya es una propuesta distinta a todo aquello que representa el PRI. ¿Cómo?

Desde el punto de vista de la forma y el discurso de la campaña, el imperativo es caminar por el estrecho camino del deslinde sin ruptura. No puede presentarse como el garante de la continuidad de un gobierno desprestigiado, pero tampoco puede quebrar lanzas contra el presidente Peña, cuyo apoyo será crucial.

Por supuesto, puede enfatizar en su mensaje su idea de que el PRI ha sido un constructor de instituciones y que, en dicho sentido, las reformas estructurales representan un activo que debe ser preservado. Pero si bien una narrativa de este tipo puede ser aceptable para una parte del electorado, la verdadera prueba del ácido será la postura que adopte de cara a las principales causas del malestar ciudadano: la inseguridad y la corrupción. Y en estos ámbitos es poco lo que el PRI y el gobierno actual pueden argumentar a su favor. El uso faccioso de la ley y su negociación como recurso de gobernabilidad, así como el imperio de la impunidad son el andamiaje sobre el que han crecido la violencia y la corrupción. Frente a esta realidad, la ambigüedad no parece viable. Una postura crítica en estas materias es indispensable, aunque ello signifique generar tensiones potencialmente peligrosas con el gobierno y el aparato partidario. De otra forma, difícilmente se podrá convencer a los votantes útiles de que no hay pactos que limiten de antemano el combate a la corrupción y el fortalecimiento del Estado de derecho.

Las razones de la nominación de Meade parecen claras. Ahora viene lo complicado: conciliar el doble reto a que hicimos mención, habida cuenta de su carácter mutuamente excluyente. Por ejemplo, ¿será creíble su compromiso con la democracia respetando el statu quo del corporativismo?

Finalmente, ¿sería aceptable para el PRI una nueva edición de la sana distancia?, ¿aceptaría que su candidato buscase como opción el apoyo ciudadano para contrarrestar las expresiones más regresivas del priismo?

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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