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Los 100 primeros días: ¿hacia dónde apunta la cuarta transformación?

Los 100 primeros días: ¿hacia dónde apunta la cuarta transformación?
marzo 25
2019

Desde la época del presidente Franklin D. Roosevelt, se consideró que los primeros cien días de ejercicio de un gobierno ofrecían la primera oportunidad para efectuar un corte y una primera evaluación (necesariamente provisional) del desempeño y la capacidad de dicho gobierno para enfrentar los problemas que aquejan a la sociedad.

Una vez que la administración del presidente López Obrador ha cumplido ese plazo, la pregunta acerca de qué se ha hecho, en qué sí y en qué no se ha avanzado y de hacia dónde parecen apuntar las decisiones del nuevo gobierno adquiere especial relevancia en virtud del compromiso asumido de impulsar una Cuarta Transformación (4T) llamada a dejar una huella profunda en la historia del país.

México enfrenta una realidad compleja. Dar respuesta cabal a sus numerosos problemas no es cuestión de buena voluntad ni de convicción ideológica. Se requieren dosis importantes de capacidad técnica y de negociación política para estar a la altura del reto que plantean los grandes problemas nacionales.

De cara a esta realidad y, ante la falta de credibilidad de los actores políticos convencionales, la promesa de una 4T, al margen de lo difusa que esta imagen pudo haber sido, llevó a una amplia mayoría de mexicanos a apostar por el cambio. Este cambio, tal como fue presentado (inauguración de una nueva etapa en la historia del país, nuevo régimen político o simplemente giro radical en la orientación de la política económica y social), genera, casi por definición, altas expectativas que ponen la vara muy en alto al momento de medir los resultados del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Sin lugar a dudas, hay mucho de megalomanía en la promesa de una 4T que, a priori, define a un nuevo gobierno como un parteaguas de la historia nacional, equiparable a la Independencia, la Reforma y la Revolución; en todo caso, hablar de 4T debe quedar al juicio de la historia. Pero más allá de si es válido o no hablar de una nueva etapa de la historia de la nación, lo cierto es que la mera promesa genera expectativas no fáciles de cumplir.

Ciertamente, el nuevo gobierno cuenta con condiciones políticas favorables: pocos contrapesos y oposición debilitada, así como altos niveles de aprobación, pero junto con ello está la expectativa de que este gobierno será capaz de resolver los problemas económicos y de inseguridad en un periodo relativamente corto.

En este marco, preguntar por los avances en estos primeros cien días tiene sentido. En relación con la inseguridad y la violencia, se logró la aprobación, con matices y algunos cambios de fondo, de la propuesta presidencial de Guardia Nacional; se limitaron los riesgos de la militarización, pero queda por ver cuáles serán los resultados una vez que sus reglas específicas sean definidas y el modelo sea puesto en acción. Por lo pronto, las cifras relativas a los delitos de alto impacto muestran una preocupante tendencia al alza.

La corrupción, por su parte, sigue siendo un tema central del discurso presidencial, tal como lo fue en campaña. El problema es que, al parecer, se está usando más como recurso retórico, al tiempo que no se ofrecen evidencias de que se esté poniendo en práctica una estrategia viable de combate a este flagelo. Se lanzan acusaciones sumarias de corrupción sin que haya un soporte de pruebas duras que lo avalen ni, mucho menos, que a estas acusaciones sigan acciones concretas de la Fiscalía. Al parecer, al menos hasta ahora, el discurso sobre la corrupción se está utilizando como justificación para cancelar programas, revertir reformas y eliminar contrapesos.

La economía está inscrita en una dinámica de franca desaceleración, ya preanunciada desde finales de 2018. Lo cierto es que todo indica que las metas de crecimiento del gobierno no serán alcanzadas, tal como lo ilustran las revisiones a la baja de los pronósticos. Una de las razones estructurales que explican las bajas tasas de crecimiento de la economía es el poco dinamismo de la inversión. Es de sobra sabido que la inversión pública ha sufrido severas contracciones. Pero, más preocupante, es que la inversión privada (que constituye el componente principal de la formación de capital) tampoco ha dado muestras de dinamismo. De ahí la conveniencia de acciones expresamente orientadas a promover la inversión productiva.

El presidente ha buscado un acercamiento con la iniciativa privada con el fin de alentar la inversión productiva, tal como lo ejemplifica el Consejo para la Promoción de la Inversión, el Crecimiento y el Empleo y el mensaje emitido con motivo del relevo en la presidencia del Consejo Coordinador Empresarial. Pero es evidente que la visión del proyecto económico del gobierno es diferente a la de los empresarios y que la inversión, talón de Aquiles de la economía, transita por una confianza que se ha deteriorado a partir de diversas decisiones y actitudes que incluyen la cancelación del NAIM, la reversión de la reforma energética o el ataque a los organismos autónomos y a la propia sociedad civil. Se advierte una clara visión estatista de lo que debe ser el manejo de la economía.

En la esfera de la política, los indicios de hacia dónde apuntaría el cambio de régimen anunciado por la 4T (creación de la figura de los súper delegados, debilitamiento de los órganos autónomos e incremento del grado de control presidencial sobre áreas clave de la vida económica y sobre los programas sociales, entre otros) dan cuenta de una franca voluntad de concentración del poder y de restauración del viejo presidencialismo todopoderoso. La manera en que desde el poder se están manejando mecanismos propios de la democracia participativa (como las consultas) es una muestra fehaciente de esta voluntad concentradora, revestida de un falso ropaje democrático. En pocas palabras, es clara la voluntad de reconstruir el modelo de la presidencia imperial, aunque en un contexto totalmente distinto al de los años sesenta y setenta.

Los esfuerzos autónomos de la sociedad civil para incidir en la construcción del bien común son desechados. A este respecto, es ilustrativo el caso de las estancias infantiles donde el presidente ve en la participación de actores privados una tendencia privatizadora y neoliberal. Su idea es que el Estado debe controlarlo todo y así tener una clientela fiel que le garantice continuidad a su proyecto.

A la luz de los programas sociales anunciados y las decisiones que ya se están adoptando, es indudable el carácter asistencialista y la orientación clientelar de la política social. El mejor ejemplo es el llamado Censo del Bienestar, que no está siendo levantado por el INEGI, sino por seguidores del presidente (los “Servidores de la Nación”) que, en su nombre, elaboran un padrón de necesidades que, en realidad, es la recopilación de información de las clientelas que serán cubiertas con los diferentes programas del presidente. La clave estriba en que los receptores de los beneficios de los programas no se asuman como titulares de derechos sino como beneficiarios de la acción de un gobierno y, más específicamente, del presidente López Obrador en su calidad de Gran Benefactor. Mención aparte merece el hecho de que, según cifras de México Evalúa, de los 630 mil millones aprobados en el presupuesto para programas sociales, el 58% carece de reglas de operación. Se sientan así los cimientos para que Morena mantenga y prolongue su hegemonía político-electoral.

En pocas palabras, la 4T apunta más en el sentido de una restauración. Y si bien hay señales preocupantes en prácticamente todas las esferas de la vida nacional, lo cierto es que los índices de aprobación del presidente no parecen sufrir mella; hay encuestas que incluso revelan que, según un buen porcentaje de entrevistados, la economía ha mejorado y la inseguridad disminuido. Gracias a su habilidad para ser percibido cercano al “pueblo”, el gran comunicador mantiene su credibilidad, pero en esa misma medida, la insatisfacción de las altas expectativas que la sociedad abriga podría revertírsele. De ahí su prisa por concentrar el poder, neutralizar contrapesos y construir clientelas fieles.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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