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La relación bilateral y la coyuntura política

La relación bilateral y la coyuntura política
mayo 23
07:26 2017

La relación bilateral México-Estados Unidos es vital para la prosperidad, el bienestar y la seguridad de ambas naciones. No es una relación cualquiera, sino el fruto de una convergencia creciente entre los objetivos e intereses de ambas naciones. En principio, la convergencia es fruto de las sinergias detonadas por el vertiginoso intercambio comercial, que asciende a 1.4 mil millones de dólares diarios; por la conformación de plataformas de producción y cadenas de proveeduría integradas a raíz de más de 20 años de vigencia del TLCAN; por el impacto sociodemográfico y político-electoral derivado de la diáspora mexicana en Estados Unidos y que, finalmente, terminará modificando su perfil poblacional; y por la creciente expresión de manifestaciones artísticas y culturales que dan cuenta de que la convergencia conduce necesariamente a la integración.

En efecto, hay un proceso de integración de naturaleza estructural determinado por la historia y la geografía, pero que principalmente se sustenta en las complementariedades de las respectivas estructuras económicas y las dinámicas demográficas. Como fenómeno estructural, que no fue el fruto de un acuerdo o un proyecto político explícitamente dirigido a dicho propósito, el proceso de integración avanza de manera independiente de la voluntad de los gobiernos.

¿Significa esto que las acciones de un gobierno son irrelevantes? De ninguna manera. Cuando hay entendimiento y claridad en los objetivos comunes, los gobiernos pueden facilitar el proceso de integración e, incluso, pueden promover la adopción de reglas que incrementen sus beneficios, pero también pueden levantar obstáculos que entorpezcan el proceso y aun reviertan algunos avances, al menos en el corto plazo.

En este marco, adquiere importancia la actitud hostil del presidente Trump hacia México. Ciertamente, la mala imagen del país (sobre todo en asuntos como la inseguridad, la violencia, la corrupción y las deficiencias del sistema de justicia) le facilitaron, durante la campaña, la tarea de convertir a México en un chivo expiatorio, en un factor “explicativo” de muchos de los males que aquejan a la sociedad norteamericana, desde el consumo de drogas hasta la pérdida de empleos industriales. El resultado fue la elaboración de una agenda antimexicana que conlleva graves riesgos para el país en campos tan sensibles como la deportación masiva y creación de un clima social hostil para mexicanos, la amenaza de incautación de remesas para financiar el extravagante proyecto de construcción de un muro a lo largo de la frontera, el abandono del enfoque de corresponsabilidad en materia de seguridad y la renegociación del TLCAN en términos que aún no están del todo claros, pero que no anulan la posibilidad de una decisión abrupta que lleve a este país a abandonar el acuerdo trilateral.

La pregunta entonces es cuál es la capacidad del gobierno de Trump para concretar sus amenazas y sacar adelante su agenda antimexicana. A juzgar por sus primeros resultados, la respuesta es que dicha capacidad es poca. Desde luego, en estos primeros meses, el presidente Trump ha obtenido avances en temas como el desmantelamiento del Obamacare, el nombramiento de Neil Gorbusch como integrante de la Suprema Corte, la reversión de la política energética y ambiental de Obama y la desregulación de la actividad financiera

Pero también ha habido sonados fracasos, entre los que destacan la anulación de órdenes Ejecutivas por parte del Poder Judicial. Asimismo, el conflicto con los medios es permanente y, más allá de las fake news con las que el presidente pretende hacer prevalecer sus puntos de vista, los continuos escándalos en que se ha visto envuelto (Rusia, destitución del director del FBI y entrega de información clasificada a Rusia, entre otros) no ha hecho otra cosa que escalar el conflicto con los medios y minar su credibilidad ante un sector muy amplio de la población. Así, la sistemática pérdida de confianza se ve reflejada en su bajo nivel de aprobación, el más bajo desde los años setenta; de hecho, en todas las encuestas recientes se el nivel de aprobación del mandatario norteamericano se ubica por debajo del 50% y en algunos casos por debajo del 40%.

En relación con la agenda antimexicana, se puede afirmar que, hasta ahora, ésta sólo ha avanzado en el terreno de la inmigración: incremento en las deportaciones, aun de personas sin antecedentes criminales generación de un clima de temor que se ha traducido en un menor flujo de personas que intentan cruzar la frontera sin papeles.

Ahora bien, es evidente que Donald Trump carece de la experiencia y la capacidad necesarias para lidiar con las responsabilidades que su cargo implica. Le falta también una visión de Estado a partir de la cual definir con claridad objetivos y medios. Si a estas carencias se agrega su carácter imprevisible y sus reacciones viscerales, nos encontramos con un actor que es fuente de incertidumbre tanto en el plano interno como en el externo.

Desde cierto punto de vista, esta situación se podría considerar positiva en tanto ilustra las debilidades del personaje para concretar algunos de los puntos más peligrosos de su agenda. Sin embargo, no se debe perder de vista que Estados Unidos es una potencia hegemónica que debe funcionar como un factor de certidumbre y estabilidad del orden mundial. Los bandazos implican incapacidad de liderazgo y la posibilidad de escenarios imprevisibles y acaso indeseables.

Hasta ahora, la principal fortaleza de Trump es el apoyo del Partido Republicano. Los republicanos mantienen una clara hegemonía: Congreso, gubernaturas, legislaturas locales y pueden diseñar la geografía electoral a su conveniencia. Sin embargo, en el Congreso hay posturas que chocan con las de Trump (Obamacare, Rusia, libre comercio) y, en la medida que se aproximen las elecciones intermedias de 2018, el apoyo republicano al presidente Trump se verá matizado a la luz de los cálculos electorales de los legisladores. Un caso concreto es el de aquellos integrantes del Congreso que busque su reelección en distritos cuya actividad económica y sus empleos dependen fuertemente de la relación comercial con México.

Por lo pronto, la renegociación del TLCAN ya inició formalmente: se nombró al Representante Comercial, se presentó la solicitud de autorización al Congreso para renegociar el acuerdo. El Legislativo ahora dispone de 90 días para analizar la propuesta de negociación y los posibles efectos de la misma. Se estima que en un periodo de 4 o 5 meses podrían iniciar la negociación.

El riesgo es que, desde el punto de vista de los tiempos de la política mexicana, este calendario se traslapará con el nombramiento de los candidatos a la presidencia y que la campaña por la presidencia se desarrolle de manera paralela a la renegociación del TLCAN y que tanto ésta como la agenda bilateral se conviertan en objeto del debate electoral y metan ruido a la negociación.

Lic. Pedro Javier González G.

Director de Seminario Político

pj1999glez@gmail.com

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