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La economía y el reto de la inclusión social

La economía y el reto de la inclusión social
octubre 18
09:46 2017

Vivimos inmersos en un intenso proceso de cambio que abarca todas las dimensiones de la vida social. Se trata de un auténtico cambio de época en tanto las transformaciones en marcha presuponen la emergencia de una nueva lógica del acontecer humano, que a su vez, obliga a repensar y reformular los paradigmas y los marcos de referencia a partir de los cuales solíamos explicar la realidad.

Aun a riesgo de simplificar en exceso el argumento, entre los factores determinantes del cambio de época conviene destacar dos. En primer lugar, el impacto de la innovación tecnológica sobre el orden social, la actividad productiva y aun sobre las relaciones interpersonales y la vida cotidiana de los más de siete mil millones de personas que habitamos el planeta. En segundo lugar, el avance de la dinámica globalizadora, entendida como la progresiva articulación de los distintos fenómenos económicos, políticos y culturales que tienen lugar a lo largo y ancho del mundo y que dan lugar a la emergencia de un orden social global en donde todo está conectado.

Ciertamente, no estamos ante un proceso unívoco ni fatal. La dinámica del cambio de época se halla atravesada por múltiples contradicciones. Tanto la innovación tecnológica como la globalización enfrentan resistencias; algunas de ellas de carácter violento, como es el caso de los fundamentalismos. No obstante, más allá de estas contradicciones que agregan complejidad al proceso de cambio de época, vale la pena detenerse en la consideración de una paradoja crucial. Por un lado, ha ocurrido un crecimiento sin precedentes de la riqueza producida que, entre otras cosas, se ha traducido en una drástica reducción de la miseria. Todavía hay una cantidad inaceptable de personas sin acceso a una vida digna, pero el porcentaje de personas que viven por debajo de la línea de la pobreza se encuentra en el nivel más bajo de la historia.

Nunca como ahora la humanidad ha estado tan cerca de superar la pobreza y en paralelo, consolidar las tendencias que apuntan hacia una mayor esperanza de vida y sobre todo a una mayor calidad de vida, con todo lo que ello implica en términos de salud, educación y acceso a una amplia gama de satisfactores. Pero, por otro lado, en tanto proceso guiado casi de manera exclusiva por el imperativo del beneficio económico  ajeno a toda consideración relativa al bienestar humano, la globalización y la innovación técnica también han implicado la emergencia de nuevas amenazas a la cohesión de las sociedades.

Para plantearlo en pocas palabras, la expansión de las capacidades productivas ha propiciado una dinámica de crecimiento económico sin sentido de bien común, cuyas consecuencias más notorias son:

  • La depredación del patrimonio natural de la humanidad. El predominio de la mirada economicista ha conducido a un patrón de desarrollo depredador de la naturaleza. Esta ha quedado reducida a mero recurso explotable, sin reparar en el hecho de que los seres humanos somos también parte de esa naturaleza y que tenemos frente a ella responsabilidades ineludibles. El cuidado y el manejo racional de nuestro patrimonio natural significa salvaguardar la herencia básica que estamos obligados a legar a las generaciones futuras. Desde esta perspectiva, no podemos desentendernos de los retos globales del deterioro ambiental, expresado principalmente a través de fenómenos como el cambio climático, la contaminación de aire, suelos y aguas, la desertificación, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de recursos no renovables, cuyo valor no es solo económico, sino también espiritual.
  • La distribución desigual de los costos y los beneficios derivados de la generación de riqueza. La concentración de los recursos productivos y la riqueza en pocas manos se ha traducido en estructuras sociales cada vez más polarizadas y en mercados dominados por actores monopólicos, al tiempo que la creciente desigualdad contribuye al deterioro del tejido social y amenaza la estabilidad social. De hecho, es observable cómo después del estallido de la crisis económico-financiera de 2008, las oportunidades de empleo parecen concentrarse en la cúspide y en la base de la pirámide social: tanto los trabajos altamente calificados y bien pagados como los que requieren poca calificación y son mal pagados están creciendo, en tanto los trabajos medios se han estancado. De esta forma, particularmente en las naciones más desarrolladas, las clases medias (y su papel como amortiguador del conflicto social) tienden a disminuir.
  • El impacto del cambio tecnológico sobre el mundo del trabajo. Contrariamente a lo planteado por discursos populistas de izquierda y de derecha, no es el libre comercio el causante principal del escaso dinamismo en la creación de empleos. La razón de fondo se encuentra en el modo en que los avances tecnológicos (por ejemplo, la robótica) tienden a desplazar fuerza de trabajo. Esta situación resulta paradójica. En términos ideales, la sustitución de trabajo humano por máquinas, sobre todo para las actividades más rutinarias y pesadas, son potencialmente una fuente de liberación. No obstante, bajo las condiciones económicas y sociales en que esta sustitución tiene lugar, implica la cancelación de oportunidades de vida digna para amplios sectores de la población.
  • Otra faceta no menos importante de esta problemática es la relativa al fin del modelo de trabajo que prevaleció durante la segunda mitad del siglo XX y que sigue definiendo las aspiraciones de los trabajadores y los políticos en materia de empleo. En el marco de una economía globalizada, sometida a los imperativos de la innovación continua y en la que la fluidez y el cambio son las constantes, el modelo de un empleo estable en una gran empresa u organización, bien remunerado y que brinde el acceso garantizado a una amplia variedad de beneficios sociales es cada vez más cosa del pasado. Ahora el gran desafío consiste en dirigir la atención hacia la promoción de nuevas capacidades técnicas y nuevas actitudes hacia el trabajo y la asunción de riesgos que permitan desarrollar formas de ocupación no subordinadas (pero más inciertas) garantes de ingresos dignos.

Los procesos económicos están atrapados por una lógica que excluye de sus beneficios a la mayor parte de la población, que no sólo se ve marginada del disfrute de la mayor riqueza producida, sino que es reducida a la condición de recurso a menudo superfluo que, en función de las expectativas de rentabilidad, puede ser descartado. De esta manera, en amplias capas de la población se generan sentimientos de impotencia, de desesperanza y de falta de sentido. Son los síntomas de lo que el Papa Francisco ha denominado la cultura del descarte. Más allá de su dimensión estrictamente económica, se plantea un problema ético: seres humanos que, al ser considerados como prescindibles por la racionalidad económica dominante, son despojados de su dignidad.

Lic. Pedro Javier González G.

Director de Seminario Político

pj1999glez@gmail.com

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