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Hacia un plan B: ¿tiene futuro el TLCAN?

Hacia un plan B: ¿tiene futuro el TLCAN?
diciembre 01
07:01 2017

Sigue la incertidumbre sobre si Trump cumplirá con salirse del Tratado. Por ahora, EUA ya comenzó un “coqueteo” bilateral con Canadá y México asegura que continuará en las negociaciones, sin que esto signifique que está dispuesto a aceptar cualquier condición.

En el marco de una gran incertidumbre a propósito del futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) arrancó la cuarta ronda de negociaciones. A pesar de que se anunció el cierre del capítulo relativo a competencia, las dudas prevalecen, no solo entre los analistas y empresarios interesados, sino entre los propios líderes y negociadores de México y Canadá.

No debe olvidarse que están pendientes temas de gran complejidad técnica y política, debido sobre todo a la estrategia adoptada por Estados Unidos de América (EUA) de “estirar la liga”, planteando propuestas de escasa viabilidad y que resultan inadmisibles para sus socios. A manera de ejemplo, se pueden mencionar las siguientes:

  • Elevar a 85% el contenido regional de los bienes comerciados al amparo del TLCAN y al mismo tiempo asegurar que al menos 50% de ese contenido sea estadounidense. Se trata de una medida unilateral que busca impactar sobre el déficit comercial de aquel país, al margen de los perjuicios que puede provocar en sus socios y aun de la competitividad de la propia industria de EUA.
  • Aunque ya había sido anunciado, durante esta cuarta ronda se presentó de manera formal la intención de cancelar el capítulo 19, referente a la conformación de paneles técnicos e imparciales para la solución de controversias y sustituirlos por tribunales nacionales.
  • La introducción de una cláusula de extinción que permitiría revisar cada cinco años el funcionamiento y los resultados del Tratado con el fin de que cada uno de los socios decida si permanece o sale del mismo. Sobra decir que una medida semejante desalentaría los flujos de inversión, toda vez que el Tratado perdería uno de sus principales atractivos: ofrecer a los actores económicos un conjunto de reglas a largo plazo.
  • El establecimiento de “ventanas estacionales” que permitirían administrar el comercio en función de las alzas y bajas de los ciclos productivos, particularmente en el sector agropecuario. La idea es que la colocación de bienes primarios en el mercado de EUA quedaría limitada a los periodos en que la producción interna es menor.

Desde luego que ni a México ni a Canadá les conviene aceptar ninguna de estas propuestas. La pregunta entonces es qué posturas adoptarán, en el entendido que es la posición de los EUA el factor que hace las veces de variable independiente, que a su vez es la principal fuente de incertidumbre en virtud del carácter del ocupante de la Casa Blanca y su credo proteccionista.

De ahí que no sea fácil dar respuesta a la interrogante acerca de si estamos ante una estrategia dura de negociación o ante la preparación del terreno para salirse del Tratado. Tanto a través de sus tuits como de declaraciones a la prensa, Donald Trump envía señales de que su escenario ideal consistiría en sustituir el actual acuerdo trilateral por acuerdos bilaterales. De hecho, ya empezó un claro cortejo a Canadá para avanzar por el camino de un pacto entre dos. Desde una perspectiva de corto plazo, a los canadienses podría convenirles un acuerdo bilateral, sobre todo si se considera que dicho país no es objeto privilegiado de los odios de Donald Trump. Sin embargo, casos como la imposición de aranceles por encima de 200% a Bombardier ilustran cuál podría ser la tónica de una negociación bilateral. En realidad, esto refuerza las asimetrías y ofrece a los negociadores estadounidenses mayor margen de maniobra para llevar a cabo una estrategia hostil dirigida no a pactar sobre la base de coincidencias, sino a imponer sus intereses.

Ante estas circunstancias, las autoridades y los negociadores mexicanos, así como los empresarios participantes, hablan con mayor frecuencia de la necesidad de un plan B. De igual manera, insisten en señalar que México continuará en la mesa de negociaciones, sin que ello signifique estar dispuestos a aceptar cualquier condición, pues si bien el Tratado es importante, su eventual cancelación no significaría el fin del mundo.

Por supuesto, no sería el Apocalipsis, pero los costos del fracaso serían altos. Los efectos negativos de la cancelación del TLCAN podrían no ser tan graves en el renglón de las ventas al exterior: México seguiría exportando a EUA en virtud del alto grado de integración alcanzado por ambas economías y lo haría bajo las normas de la nación más favorecida de la Organización Mundial del Comercio. Los aranceles que habría que cubrir representarían un aumento marginal en el costo de nuestros productos, aunque sí enfrentarían mayores problemas burocráticos y logísticos en las aduanas.

Tal vez habría un mayor impacto como resultado de una eventual reducción de importaciones de bienes intermedios y de capital, pues incidiría negativamente sobre la competitividad de la industria nacional. Tampoco habría que subestimar los impactos de corto plazo sobre la estabilidad de los mercados financieros, principalmente sobre el tipo de cambio.

Sin embargo, el mayor efecto tendría lugar en el ámbito institucional. El TLCAN, más allá de favorecer el intercambio comercial y alentar los flujos de inversión, debe también ser entendido como conjunto de reglas que ofrecen certidumbre a los inversionistas y que, en paralelo, funcionan como salvaguarda del modelo de economía abierta. Desde un punto de vista político, esta observación adquiere relevancia a la luz de la posibilidad de que en México un nuevo gobierno imponga un modelo de desarrollo estado-céntrico proclive al proteccionismo.

Dirigiendo de nueva cuenta la atención a la problemática del gobierno de Donald Trump, resulta claro que está urgido de “triunfos” que indiquen el cumplimiento de sus promesas de campaña. Sus logros a este respecto han sido escasos y en este sentido, el TLCAN le ofrece la posibilidad de un “triunfo”. Ciertamente, la denuncia del Tratado enfrentaría la oposición de la Cámara de Comercio, de los agricultores y de la industria, sobre todo, la automotriz, así como de los gobernadores de las entidades más beneficiadas por el intercambio comercial. Con todo, la medida estaría dirigida a su base dura, aquella que cree que el TLCAN sí es el peor Tratado de la historia que México ha abusado y que, por tanto, debería cancelarse.

Un asunto adicional a tener en cuenta es lo que establece la propia Constitución de los EUA en el sentido de que es el Congreso (el Senado) la instancia que posee las facultades para la celebración de acuerdos comerciales; de ahí la obligación de solicitar la autorización senatorial para iniciar una negociación o para aprobar un Tratado. Precisamente por ello, se ha señalado que si Trump decide denunciar el Tratado, deberá avisar al Senado, cámara que tendrá seis meses para deliberar y autorizar o no la salida del TLCAN. Ese tiempo puede ser utilizado para cabildear un eventual rechazo del Legislativo a la cancelación del Tratado, aunque no hay que perder de vista que se trataría de una situación muy poco frecuente.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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