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Ética profesional: Más allá de un funcionalismo laboral

Ética profesional: Más allá de un funcionalismo laboral
febrero 01
2016

Si se quiere una ética profesional con un sentido real de humanidad, se deberá considerar una formulación que incluya más que valores de funcionalidad; es decir, que haga una contribución al bien común.

Actualmente la ética profesional está tratando de justificar su validez admitiendo la necesaria contribución del quehacer profesional al desarrollo humano de la sociedad. Sin embargo, la profesión se ha entendido primordialmente con un carácter funcional. Es necesario tratar de explicar el sentido ético de la profesión más allá de su funcionalidad, implicando un sentido más profundo, verdaderamente humano. En este trabajo pretendo aportar una breve reflexión sobre el sentido humano de la ética profesional más allá del funcionalismo laboral que le es propio.

REFLEXIÓN FILOLÓGICA 

Para pensar de un modo serio el sentido de la ética profesional, conviene explicar brevemente la raíz etimológica de la profesión. Profesión es una transliteración de la palabra latina Professio, que significa  declaración, manifestación pública. A su vez, Professio tiene su raíz en el verbo profiteri, que se compone de dos palabras, a saber: pro, una preposición que significa delante, ante, a la vista de, por, a favor; y el verbo fateri, que significa declarar, confesar. Así que por profesión se entiende la realización de una acción por la cual se declara públicamente algo. En la Roma antigua se usaba professio para hacer la manifestación pública de los bienes ante un magistrado para formar el encabezamiento o el censo. Por analogía professio se usaba también para referir al modo específico de una acción, que expresaba o declaraba públicamente un conocimiento particular que derivaba en el desempeño de una función que contribuía al bien de la comunidad. Así, el Magister declaraba públicamente con ciertos actos la función que desempeñaba, con la que contribuía al bien de la comunidad; en este caso: enseñar o educar. Y es este el sentido que hemos asumido de profesión.

La etimología nos ayuda a atender a otras nociones implicadas en el significado del término en cuestión: profesión. Para esto nos ayudaremos de un pensador muy clásico: Platón (s. V y IV a. C.). En el segundo libro de su República (Politeía, título original en griego), Platón reflexiona sobre el origen de una ciudad. Ahí señala que los seres humanos se reúnen, en primer lugar, para mejorar la satisfacción de sus necesidades más inmediatas en vista a procurar el mejor sostenimiento de la existencia.

Las acciones humanas están destinadas a procurar los satisfactores adecuados a nuestras necesidades de sobrevivencia. Por eso, para Platón es necesario que los individuos se especialicen en la producción de un satisfactor, y desarrollen el conocimiento adecuado para eficientar la producción de los satisfactores necesarios. La mayor supervivencia de los individuos depende de que cada uno cumpla de mejor manera la acción que le corresponde en sociedad, es decir, de hacer lo que a cada quien corresponde, lo que llamamos justicia distributiva. Y en ello se ubica el sentido de lo que llamamos ética de la profesión, es decir, realizar una profesión con sentido ético significa realizar la profesión con un sentido de justicia.

HACIA UN SENTIDO ÉTICO 

Desde este punto de vista, lo que llamamos profesión se orienta por dos principios: a) La realización eficiente de una función social, el seguimiento de la justicia distributiva guiada por el principio de subsidiaridad, y b) La contribución al bien de la comunidad, el bien común.

A partir del pensamiento ilustrado (siglo XVIII) se ha desarrollado un planteamiento enfocado especialmente en entender la profesión como un modo de realización de la justicia, y se han desarrollado algunos planteamientos que han reducido la ética profesional al cumplimiento de ciertos principios y valores de tipo funcionalista. Es común leer en los llamados “códigos de ética” ciertos valores que orientan la realización de la profesión: justicia, honestidad, lealtad, compromiso, puntualidad, compañerismo, etcétera; sin embargo, estos términos aluden a la optimización, a la eficiencia de las actividades profesionales. Hay dos nociones que pueden entrar en conflicto en el campo de la ética profesional: justicia y eficiencia.

La justicia distributiva pide eficiencia, pero la eficiencia no siempre está relacionada con la justicia distributiva. Me explico: la noción de justicia implica “dar a cada quien lo suyo”, y en términos de justicia distributiva implica “hacer lo que le corresponde a cada quien”. Desde  este punto de vista, la justicia distributiva tiene una centralidad en el hacer, y el hacer sugiere considerar un cómo, y un para qué. Pero el cómo no tiene un significado por sí mismo si no es que se considera una finalidad a la que se subordina. Y es que la justicia es una virtud ética, y toda virtud tiene la finalidad de actualizar un bien pretendido. No cualquier cosa, sino un bien, en este caso, un bien consecuente con las exigencias derivadas de la dignidad de la persona. Y para conseguir este bien de mejor manera, se debe eficientar la acción correspondiente. Por eso, la mejor realización de la justicia distributiva implica realizar las acciones que contribuyen al bien de manera eficiente, de modo funcional.

Pero la sola acción eficiente y funcional no necesariamente implica una contribución al bien en justicia. Por ejemplo, alguien puede seguir con rectitud las normas establecidas que fueron pensadas para que su realización sea una contribución al bien equitativo (justo), pero puede que no tenga una recta intención en su ejecución. En tal caso, el acto tiene una “forma” de justicia, pero no un contenido propiamente justo.

El riesgo de la ética profesional es  establecer valores funcionales que tengan la forma de la justicia, pero que no impliquen necesariamente un contenido de justicia real. Se llama “ética formal”. Es una ética que se basa en las formas más que en los contenidos. Y es una ética que puede terminar vacía de contenido real del sentido de la dignidad de la persona. Es una ética del deber, una deontología, una ética del seguimiento de la ley. Es una ética, sin duda, funcional, pero limitada. Si se quiere una ética profesional con un sentido real de humanidad, deberá considerar una formulación que incluya algo más que valores de funcionalidad, valores centrados en la dignidad de la persona, para otorgar a la forma un contenido serio de lo humano.

El ejercicio de la profesión, aludiendo a la etimología del término, implica una operación orientada por esquemas propios, por una funcionalidad, pero hemos de considerar que una ética profesional basada solo en la función deja de lado el fin de la profesión, que es su contribución al bien común, al bien humano. Debemos pensar, pues, la ética profesional con un sentido más amplio a la sola deontología y humanizar el ejercicio de las profesiones, incluyendo en los códigos de ética actuales el elemento fundamental de la dignidad de la persona. Con ello se puede dignificar verdaderamente la profesión y la vida misma del hombre en sociedad, es decir, se puede dar un mejor sentido ético a lo que conocemos como Responsabilidad Social de las Empresas.

Dr. Arturo Mota Rodríguez
Profesor-investigador de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Anáhuac México Sur
arturo.mota@anahuac.mx

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