Veritas Online

Político y Social

Estrategia Económica: El reto de recuperar la confianza

Estrategia Económica: El reto de recuperar la confianza
julio 31
2014

Después de reformas como la fiscal, hay un escepticismo generalizado sobre las estrategias para impulsar el crecimiento de la economía; el desafío está en recuperar el apoyo del sector privado.

Como lo documenta la reciente gira del presidente Peña por España y Portugal, todavía hay expectativas positivas en torno al futuro de México y al impacto de las reformas estructurales. Sin embargo, en el interior, el llamado “momento de México” se ha diluido. En virtud de los pobres resultados arrojados por la actividad económica en materia de crecimiento, empleo, consumo e inversión, prevalece el escepticismo respecto a la idoneidad de la estrategia económica de la actual administración.

Así, por ejemplo, en el foro organizado por el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), las preguntas recurrentes fueron por qué no crecemos y qué debemos hacer para crecer. Las respuestas de los asistentes dan cuenta de que, si bien sigue habiendo un amplio consenso a propósito de las ventajas que en unos años podrán traer consigo las reformas, los cuestionamientos a la manera en que el Gobierno está manejando la economía son cada vez más severos.

Un blanco privilegiado de la crítica ha sido la reforma fiscal. Y si bien no todo en ella es negativo, es imposible ocultar que, en el marco de un desempeño mediocre de la economía, la mayor carga impositiva ha tenido un efecto procíclico, generándose así una suerte de círculo vicioso que conecta una desconfianza creciente con menores tasas de crecimiento del consumo y la inversión. De ahí que valga la pena preguntar si la mayor recaudación obtenida por el Gobierno no es una victoria pírrica.

La pregunta está lejos de ser retórica. Por un lado, ha implicado un elevado costo político y, en el corto plazo, ha tenido efectos negativos sobre la dinámica de la economía. Por otro lado, el incremento en los ingresos públicos sigue sin ser suficiente para permitir al Estado el cumplimiento de sus funciones en materia de desarrollo social; de hecho, la gran promesa de la seguridad social universal no parece viable. No obstante, el Gobierno parte de la idea de que el aumento en la recaudación, más pronto que tarde, se traducirá en mayor capacidad para detonar una amplia estrategia de crecimiento vía la expansión del gasto público.

CONFIANZA PARA INVERTIR

El problema es que no hay un consenso claro en relación con la idoneidad de esta estrategia; lejos de ello, es motivo de preocupación y duda. El mayor gasto del Gobierno equivale a un menor consumo privado; de ahí que es preciso que el gasto gubernamental sea más eficiente que el privado, es decir, que tenga mayores efectos multiplicadores. Y este supuesto solo se verifica cuando hay una gran preferencia por la liquidez, explicable, a su vez, en virtud de que los agentes privados, ante la falta de expectativas, no consuman ni inviertan. Bajo estas condiciones, un mayor gasto gubernamental sí puede contribuir al crecimiento e, incluso, inducir un cambio en las expectativas de los actores económicos.

Con todo, las cosas no operan de un modo tan automático. Aun en el marco del supuesto arriba descrito, cabe cuestionar la eficacia del gasto público como mecanismo promotor del crecimiento. Se anunció un ambicioso Programa Nacional de Infraestructura, el cual implicará una derrama de 7.7 billones de pesos durante lo que resta del sexenio. De acuerdo con los proyectos de inversión anunciados, puede colegirse que estos estarán dirigidos a reforzar la capacidad competitiva de la economía. Sin embargo, las deficiencias gubernamentales en materia de ejecución, aunadas a las arraigadas prácticas de corrupción, plantean interrogantes serios acerca de la viabilidad y los efectos reales de las inversiones anunciadas.

Pero, por otra parte, no queda del todo claro si los menores niveles de inversión y consumo obedecen a una preferencia por la liquidez resultado de expectativas desfavorables o, por el contrario, dan cuenta de problemas de fondo relacionados con una estructura productiva no solo dispareja, sino fracturada en tanto el crecimiento de los sectores modernos y dinámicos no induce el de la gran masa de unidades productivas tradicionales.

El mayor gasto del Gobierno equivale a un menor consumo privado; de ahí que es preciso que su gasto sea más eficiente que el privado.

Si esta incapacidad de inclusión de nuestro modelo de desarrollo es la causa de fondo del pobre desempeño de la economía, resulta obvio que la respuesta a por qué no crecemos no se encuentra en un mayor gasto público, sino en la adopción de una estrategia distinta de política industrial encaminada a la articulación competitiva de las cadenas de valor.

Hay pues, escepticismo y sobrados motivos de duda acerca de las bondades de la estrategia económica adoptada por el Gobierno. Desde un punto de vista político, ello plantea un reto mayúsculo: recuperar la confianza y el apoyo del sector privado. En parte, las reformas educativa, financiera, en telecomunicaciones y energética han abonado a esta causa. Sin embargo, la reforma fiscal, aunada a la falta de comunicación entre el titular de Hacienda y los líderes de la iniciativa privada ventilada por algunos medios, ha sido motivo de un profundo desencuentro que deberá ser remediado.

Ante esta problemática, la recomposición de la relación entre Gobierno y sector empresarial demanda, de parte de la administración, trabajar en un doble frente: en primer lugar, el de la adopción de medidas que contribuyan a elevar la eficacia de la acción de Gobierno y a facilitar la rendición de cuentas; y en segundo lugar, el de la apertura de espacios de diálogo y consulta que permitan al sector incidir en el diseño de las estrategias cruciales para impulsar el desarrollo (por ejemplo, el Pacto para la Inversión planteado en el foro convocado por el CEESP).

Finalmente, cabe apuntar que los motivos de preocupación del Gobierno no se limitan a la opinión de los líderes empresariales y los analistas. También y de manera clara se relacionan con los efectos de la mala situación de la economía en la percepción ciudadana sobre el desempeño gubernamental y en sus posibles impactos político-electorales. Y de cara a esta problemática, el discurso de los beneficios a largo plazo debe necesariamente ser acompañado por resultados visibles en el corto plazo.

Seminario Político

pj1999glez@gmail.com

Facebook Comments

Related Articles

Búsqueda

Sígueme en Twitter

A %d blogueros les gusta esto: