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Estados unidos: las razones de la disputa presupuestal

Estados unidos: las razones de la disputa presupuestal
noviembre 29
09:26 2013

Por Seminario Político

pj999glez@gmail.com

El acuerdo del Congreso de EU para aumentar el techo de deuda, más que tranquilizar deja incertidumbre sobre qué efectos tendrá en la economía mundial la continua disputa y falta de consenso político.

El 16 de octubre, justo un día antes de la fecha límite, en el Congreso de los Estados Unidos (EU) se logró el acuerdo bipartidista que permite la elevación del techo de deuda y por ende la reapertura de las actividades gubernamentales que habían sido suspendidas.

El acuerdo, avalado por 81 votos a favor y 18 en contra en el Senado y por 285 sufragios a favor y 143 en contra en la Cámara de Representantes, garantiza el funcionamiento del gobierno al menos hasta el 15 de enero de 2014 y aumenta el techo de la deuda hasta el 7 de febrero.

La disputa política fue intensa y de acuerdo con fuentes legislativas, durante una reunión privada con los miembros de su partido, el republicano John Boehner les pidió votar a favor del acuerdo aprobado en el Senado. Reconoció que no lograron frenar la implementación de la Ley de salud, pero reiteró que mantendrán la batalla contra el principal logro de Barack Obama. Por su parte, el mandatario dio su respaldo a la iniciativa y agradeció a los republicanos y demócratas del Senado por el acuerdo.

Ahora que el escenario apocalíptico anunciado por los analistas no se concretó, los mercados festejaron con ganancias, las cuales, en el caso de Wall Street superaron 1%. Sin embargo, no equivale a a­rmar que la disputa y el cierre temporal y parcial de la actividad gubernamental no haya tenido efectos negativos. De acuerdo con la cali­ficadora Standard & Poor’s, el cierre del gobierno tuvo un costo de 24 mil millones de dólares y repercutirá en 0.6% menos de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) para el cuarto trimestre del presente año.

Debido al enorme peso de la economía estadounidense a nivel mundial, el debate presupuestal no fue un asunto de interés exclusivo para este país; lejos de ello, los impactos potenciales de una declaratoria de incapacidad de pago del gobierno hubieran sido catastróficos, principalmente en el actual contexto de lento crecimiento e inestabilidad en la economía mundial.

Desde un punto de vista político, en tanto el acuerdo no implicó la cancelación de la entrada en vigor de la Ley del Seguro de Salud, se ha argumentado que fue el Presidente Obama el vencedor del forcejeo con el sector más extremista del Partido Republicano (el denominado Tea Party). Con todo, no se trata de una victoria de­ nitiva, pues si bien el acuerdo alcanzado conjuró el Apocalipsis que había sido anunciado, lo cierto es que solo representó una solución transitoria, pues en febrero del próximo año el problema se habrá de reeditar.

La razón es clara. Tanto la reciente disputa sobre el aumento del techo de endeudamiento como los precipicios fiscales, que son tan habituales en la política estadounidense, son solo los síntomas de un problema de mayor fondo: la ausencia de un consenso en torno a las funciones que debe desempeñar el Estado y, por tanto, sobre el modo en que este debe financiarse.

A diferencia de lo que ocurre en la gran mayoría de naciones desarrolladas, en Estados Unidos no hay un acuerdo sobre un núcleo básico de derechos sociales que deban ser garantizados; de hecho, EU es entre las naciones desarrolladas la única cuya población no cuenta con los beneficios de un sistema amplio de seguridad social y, por ende, es la nación desarrollada donde su población está más expuesta al riesgo de caer en situaciones de pobreza ante el estallido de una crisis económica.

En este contexto y dada la legitimación tácita que esta falta de reconocimiento de derechos otorga a la desigualdad social, propuestas como el seguro universal de salud pueden ser puestas en tela de juicio.

Estados Unidos es entre las naciones desarrolladas la única cuya población no cuenta con un sistema amplio de seguridad social.

Precisamente por ello, ante problemáticas como el abultado déficit fiscal (que, por cierto, se redujo en más de 10% del PIB a menos de 5% en los años recientes), el planteamiento de reducir y aun cancelar programas sociales es visto como una alternativa viable y legítima por los republicanos radicales, para quienes la idea misma de los derechos sociales representa el inaceptable riesgo del socialismo. De ahí que, en lugar de impulsar propuestas destinadas a elevar la transparencia y la eficiencia del gasto público o a recortar las generosas partidas para el sector militar o las destinadas a subsidiar la producción agrícola, la receta se limite a exigir el recorte de los programas sociales.

Frente a esta postura está la que ahora encabeza el Presidente Obama, la cual sostiene que el problema del déficit debe ser atacado por medio de la reducción de los privilegios fiscales que disfrutan los sectores de más altos ingresos, sobre todo cuando se considera que los distintos programas de estímulos fiscales en favor de las empresas y los individuos de más elevados ingresos no se han traducido, como lo plantean sus partidarios, en mayores niveles de inversión productiva. A esta posición cabría sumar la de quienes demandan la reducción del enorme gasto militar.

El factor político también incide. Debido a que el seguro de salud puede ser visto como el logro principal y más visible de la administración Obama, evitar su aplicación ha sido un objetivo para el republicanismo.

No pudieron impedir su aprobación en el Congreso y tampoco lo pudieron revertir por la vía judicial, pues la Suprema Corte ratificó su constitucionalidad. Les quedaba la vía presupuestal y la suspensión de facto de la reforma. Y aunque volvieron a fracasar, todo indica que mientras el sector radical siga imponiendo la agenda del partido, la confrontación con el gobierno seguirá.

La pregunta es hasta cuándo el republicanismo moderado continuará aceptando pagar los costos electorales que conlleva el corrimiento del partido hacia posturas extremas. Por lo pronto, las encuestas revelaron que los estadounidenses asignaron la responsabilidad de la crisis política a los republicanos y en menor grado al Presidente Obama y a los demócratas. El gran dilema del Partido Republicano es que quienes aspiren a ganar una candidatura deberán plegarse al discurso extremista de la derecha radical. Sin embargo, este resulta disfuncional de cara a un electorado menos ideológico y mucho más moderado.

 

 

 

 

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