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Estabilidad entre la volatilidad: Panorama de la economía mexicana

Estabilidad entre la volatilidad: Panorama de la economía mexicana
abril 01
2016

Ante la incertidumbre en los mercados internacionales, México se mantiene fuerte debido a la estabilidad en su macroeconomía; sin embargo, no será suficiente para compensar las deficiencias estructurales ni el bajo crecimiento de la economía nacional.

El arranque de 2016 se ha caracterizado por su turbulencia. En paralelo a un menor crecimiento de las economías más grandes y a la disminución del precio de numerosos commodities, como el petróleo, la incertidumbre prevalece y los capitales, en una clara muestra de aversión al riesgo, salen de los mercados emergentes y buscan refugio en el dólar.

Frente a esta situación, la principal fortaleza de la economía nacional es la estabilidad macroeconómica que poco a poco se ha venido consolidando desde hace 20 años. Gracias a la adopción (con distintos grados de laxitud) de principios claros que buscan asegurar el equilibrio fiscal, pero sobre todo al papel de un banco central autónomo, México ha mantenido la estabilidad; lo ilustra la tasa de inflación,que en 2015 fue la más baja en 40 años e incluso estuvo por debajo de 3% definido como meta por el Banco de México.

Sin negar la relevancia de este dato y su impacto sobre el nivel de confianza de los agentes económicos, la estabilidad no es un logro definitivo; es algo que no debe descuidarse, sino trabajarse cotidianamente. Una muestra elocuente es el comportamiento reciente del déficit público. A partir de 2010 este ha venido incrementándose como resultado de una estrategia fiscal de corte anticíclico.

Sin embargo, dicho déficit no ha tenido los efectos multiplicadores esperados, pero sí se ha traducido en un mayor nivel de endeudamiento. Mientras los requerimientos financieros del sector público se ubicaban hace diez años en niveles ligeramente arriba de 20% del Producto Interno Bruto, en la actualidad ya están cerca de 50%. El problema reside en la velocidad con que dicho nivel se duplicó. De ahí que, ante las incertidumbres que plantea el entorno internacional, el banco central haya recomendado un ajuste fiscal que tendrá como principal destinatario Petróleos Mexicanos.

Esta coyuntura puede ofrecer una oportunidad para despetrolizar las finanzas y financiar el gasto público con fuentes más sanas.”

En lo inmediato, las presiones sobre las finanzas públicas son y seguirán siendo importantes, sobre todo a raíz de la espectacular caída de los precios internacionales del petróleo. Es cierto que México desde hace ya un buen tiempo dejó de ser una economía petrolizada. La contribución de la industria petrolera al PIB es de alrededor de 7%, en tanto que en términos de exportaciones representan menos de 15%. Con todo, en términos de ingresos públicos, la actividad petrolera todavía es fundamental. Aporta alrededor de la tercera parte de los ingresos fiscales y si bien esta contribución tiende a disminuir (en la actualidad es menos a 20%), es aún vital para sostener el nivel de gasto. En este contexto, la combinación de menores volúmenes de producción y menores precios ha implicado una significativa reducción de los ingresos públicos que solo en parte ha podido ser compensada con los mayores ingresos tributarios producto de la reforma de 2013.

Sin embargo, el comportamiento de los precios del petróleo está lejos de ser la tragedia. De hecho, esta coyuntura puede ofrecer una magnífica oportunidad para despetrolizar las finanzas públicas y financiar el gasto público con fuentes más sanas y estables. Más aún, México ya no es un país exportador de petróleo, sino un importador neto y esta situación, lejos de ser coyuntural, apunta a ser estructural. Desde ese punto de vista, es importante, por un lado, avanzar en la sustitución de los ingresos petroleros por ingresos tributarios para el financiamiento del gasto y, por otro lado, entender que como país importador neto de petrolíferos, la caída de los precios será a la postre benéfica. Y aunque esta afirmación no se puede aplicar a Pemex, el país no se reduce a esta empresa.

Por otro lado, los mercados están sobrerreaccionando y, en tanto no han cobrado clara conciencia de que México ya no es un país petrolero, han magnificado los efectos de la caída del precio y movido sus capitales. Todo indica que la volatilidad cambiaria se mantendrá durante algún tiempo, incluso algunos meses, para después alcanzar un nuevo equilibrio.

Es importante tener en cuenta que, a diferencia del pasado, ahora se cuenta con una política de libre flotación que permite sortear con mayor holgura los efectos de la depreciación del peso. Más aún, tampoco esto es necesariamente una tragedia. Tal vez lo sea para las actividades manufactureras que emplean una gran cantidad de insumos importados, para los mexicanos que pretenden salir al extranjero y, sobre todo, para las empresas y los particulares con deudas en dólares. La deuda del gobierno está en casi 80% denominada en pesos. Por el contrario, la depreciación es una buena noticia para los exportadores, el turismo y los receptores de remesas. El gran reto es conciliar las políticas fiscal y monetaria para evitar una mayor depreciación que termine impactando los precios internos, algo que no ha ocurrido.

Se espera un año difícil por la persistencia de la volatilidad en la economía mundial. México crecerá a las mismas tasas mediocres que lo ha venido haciendo y la estabilidad se mantendrá como la principal fortaleza de la economía. Lo preocupante es que México pierde atractivo para los capitales: la fortaleza macroeconómica no es suficiente para compensar las incertidumbres que generan las deficiencias estructurales de la economía nacional. De ahí que el Banco de México deba adelantarse a los movimientos de la Reserva Federal para atenuar que la depreciación impacte los precios.

Lic. Pedro Javier González Gutiérrez
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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