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Elecciones intermedias: las posibles lecturas

Elecciones intermedias: las posibles lecturas
agosto 01
08:00 2015

A pesar del hartazgo ciudadano ante la corrupción y la falta de credibilidad de la clase política, las recientes elecciones refrendaron la democracia, el voto, el apoyo a los candidatos independientes y el rechazo a la partidocracia.

Los resultados de la elección intermedia ofrecen la posibilidad de múltiples lecturas. La más general se refiere a que, pese a la falta de credibilidad del gobierno y de la clase política en su conjunto, el proceso electoral volvió a refrendar la legitimidad de la democracia representativa y la validez del voto.

Ciertamente, el hartazgo ciudadano se hizo presente, pero no a través del rechazo al proceso electoral. Más allá de la decepción, en México se sigue apostando por el voto como vía idónea para que el ciudadano haga oír su voz. A este respecto, vale la pena subrayar que la elección del pasado 7 de junio registró una participación de poco más de 47%. Este nivel de participación es superior al verificado en los dos comicios intermedios previos (2003 y 2009) e incluso puede ser comparado favorablemente con el nivel de participación de las elecciones intermedias celebradas en otros países (por ejemplo, Estados Unidos). En este sentido, vale la pena subrayar que, incluso en aquellas regiones del país donde se vivió con particular intensidad el intento de sabotaje al proceso, la gente acudió a las urnas y, de esa forma, evidenció su repudio a los métodos violentos de lucha política.

Otra lectura posible de los resultados de la elección da cuenta de un claro rechazo a la partidocracia, sobre todo evidenciado por la disminución del número y el porcentaje de votos obtenidos por los tres principales partidos. Hace seis años, en la elección intermedia anterior, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) obtuvo 12.5 millones de votos, equivalentes a 36.7% de la votación total; en esta elección este partido sufrió una pérdida de casi un millón de votos y de un poco más de siete puntos porcentuales. La situación es similar en el caso del Partido Acción Nacional (PAN), que vio caer su votación en 800 mil votos y en siete puntos porcentuales. Por su parte, el Partido de la Revolución Democrática (PRD) no pierde votos, aunque sí disminuye su porcentaje.

Así, los partidos que han dominado la escena política y que representan el núcleo duro del sistema de partidos pierden importancia relativa. En los primeros años de la transición democrática (entre 1997 y 2000), se fraguó un esquema tripartidista. El PRI, el PAN y el PRD representaban alrededor de 90% de todos los sufragios, dejando al resto en una posición marginal. Hoy en día, estos tres partidos representan 60% de la votación. De ahí que no parezca descabellado aventurar la hipótesis de una reconfiguración del sistema de tres partidos a uno de dos grandes partidos (que sumarían más o menos la mitad de la votación), acompañados por un heterogéneo conjunto de partidos medianos y pequeños, cuya votación fluctuaría entre 12 y 3 por ciento. Pero, más importante aún, estos partidos tienden a convertirse en factores cruciales de la construcción de mayorías, tal como lo evidencia la relación simbiótica entre el PRI, el PVEM y el PNA. El sistema de partidos se mueve en el sentido de la fragmentación y del consecuente imperativo de la búsqueda de alianzas.

En la raíz de este fenómeno subyace la menor importancia del llamado voto duro y, en paralelo, el creciente peso de los votantes independientes. Se estima que más de la mitad del electorado puede ser definida como independiente, es decir, como votantes que no se identifican con un partido en especial y que tienden a votar de manera diferenciada, en función de los candidatos o las situaciones coyunturales y no por lealtad ideológica-partidaria.

En el contexto de un rechazo generalizado a la partidocracia, se votó por las opciones nuevas o, al menos, las alternativas que la ciudadanía vio como nuevas.”

Por otro lado, llama la atención que cuando estos comicios parecían ofrecer una atractiva oportunidad a los dos principales partidos de oposición, estos no hayan sido capaces de aprovecharla. La baja calificación de la gestión presidencial y los escándalos de corrupción no fueron usados a su favor. Se ha sostenido que ello obedeció a que se comportaron más como integrantes de una coalición gobernante que como oposición.

Sin embargo, en esencia, el problema estriba en que no supieron equilibrar su papel de oposición leal, que respeta las reglas del juego, que participa en la construcción de acuerdos (por ejemplo, el Pacto por México), y que, al mismo tiempo, puede denunciar y oponerse. Y la razón de esta incapacidad para asumir el papel de una oposición responsable es que ambos partidos carecían del capital político y moral para desempeñar este papel debido a que, en su seno, la corrupción había sentado sus reales.

Esta última reflexión da pie a la lectura de la elección como ejercicio de una suerte de voto de castigo a los partidos. Si bien no se puede generalizar y sostener que el voto de castigo estuvo presente a lo largo y ancho del país, sí fue evidente en casos emblemáticos como Nuevo León, Sonora, Michoacán, Jalisco y el Distrito Federal. Si se considera que esta será la primera camada de diputados que podrán buscar la reelección, el voto de castigo es una buena noticia y un mensaje oportuno.

En el contexto de un rechazo generalizado a la partidocracia, se votó por las opciones nuevas o, al menos, las que la ciudadanía vio como nuevas: Morena en el Distrito Federal y Movimiento Ciudadano en Jalisco. Aunque por su historia y sus orígenes ambos partidos son parte integrante de la repudiada partidocracia, el hecho escueto es que la ciudadanía los vio como outsiders y les dio el beneficio de la duda.

Finalmente, llama la atención que por primera vez, participaron candidatos independientes. Y a pesar de todos los obstáculos que los partidos pusieron en la ley, hubo sonados éxitos como en los casos de la gubernatura de Nuevo León, la curul en la Cámara de Diputados por el distrito 5 de Culiacán y la presidencia municipal de Morelia. El fenómeno de los candidatos sin partido no puede ser interpretado maniqueamente en términos de blanco y negro. Desde luego, plantean numerosas interrogantes en materia de gobernabilidad, pero también amplían las opciones que el sistema ofrece a los ciudadanos y, por tanto, pueden ser un factor que oxigene el sistema y fortalezca la democracia representativa.

Seminario Político
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