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El arte de decidir

El arte de decidir
febrero 01
2015

La palabra decidir viene del latín decidere, que significa cortar, separar, amputar. Una decisión es una especie de cirugía, y como tal muchas veces es dolorosa aunque también sumamente saludable, y ante ciertas situaciones es preferible un final trágico que una tragedia sin final.

Imagine a una pequeña de escasos ocho años en una tienda de juguetes en la que está encantada con dos muñecas, quiere a ambas, pero mamá solamente le da una opción, una u otra. Para empezar ella toma las dos, ante la alternativa se enfurece y abandona ambas, mamá insiste que debe elegir. Después de mucho pensarlo, se decide por una de ellas y abrazando a la elegida, con toda ternura y dándole un beso, se despide de la que tuvo que renunciar.

Este breve ejemplo nos muestra el doloroso proceso de decidir, el sufrimiento que implica la renuncia, pero no hay alternativa, “un bien por un bien mayor”. Muchas personas, como la niña, quieren todo o en un arranque emocional se deciden en un berrinche por “nada”. En la vida difícilmente la alternativa es todo o nada, debemos aprender a renunciar si deseamos sinceramente ser libres.

Las decisiones son las que construyen al ser humano día con día, reforman su personalidad, definen su carácter e integran su vida

Además, hay que considerar que para tomar una adecuada decisión se hace necesario la serenidad para evitar tomarla cuando un torrente de emociones ocurre en nuestro interior, “en la selva no es conveniente cambiar de rumbo cuando es de noche”.

El sufrimiento que implica decidir, muchas veces nos da la pauta de la dimensión de nuestra determinación para lograr lo que deseamos alcanzar, así, un joven estudiante renuncia a tantos placeres en aras de su propia preparación, igual que una pareja comprende que una vida en común implica renunciar a algunos hábitos o gustos personales. Debemos evaluar los efectos positivos o negativos derivados de nuestra decisión, y cualquiera que sea el resultado debemos asumir la responsabilidad de los mismos.

Un hombre oraba: “Dios, dame el poder para cambiar el mundo” y vio con decepción que pasaba el tiempo y no lo lograba. Cambió su oración: “Señor, dame el talento de cambiar a mi país”, y casi nada logró; volvió a modificar su plegaria: “Todopoderoso, dame la capacidad de cambiar aunque sea a mi pueblo”, y el resultado fue similar a las anteriores plegarias; insistió una vez más: “Padre mío, dame el talento de cambiar aunque sea solamente a mi familia”.

Pasaron los años y su frustración se sumó a las anteriores, finalmente comprendió la verdad y desde entonces su plegaria ha sido: “Señor, dame la sabiduría de cambiar yo mismo, sé que si lo logro, cambiará mi familia, mi pueblo, mi nación y el mundo entero”, y a partir de ese momento su mundo cambió y encontró el camino de la realización.

Esta metáfora nos muestra el camino que debemos seguir para orientar nuestras decisiones. La mayoría de los seres humanos tenemos muchas preocupaciones y en muchas de ellas poco poder poseemos para influir en la solución, en materia política, económica, social o en cambiar a tanta gente que deseáramos que cambiase, pero la realidad es que solamente poseemos un poder ilimitado sobre un ser, que si queremos puede cambiar hoy mismo: yo, el personaje central y principal de mi vida.

Sí puedo cambiar mi realidad con base en mi propia voluntad y disciplina, por lo que debo concentrar mis esfuerzos en cambiarme a mí mismo, en conquistarme, en dirigirme, en ejercer un auténtico liderazgo de excelencia conmigo mismo.

Las decisiones son las que hacen al ser humano día con día, reforman su personalidad, definen su carácter e integran su vida. Decidir es vivir y definirse es decidir, es saber a cada momento qué quiero y hacerlo, es la esencia del existir; marcan la ruta, yo soy en esencia lo que mis decisiones son.

Lic. Miguel Ángel Cornejo

Presidente de la Fundación Miguel Ángel Cornejo, S.C.

presidencia@cornejoonline.com


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