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Donald Trump: Las amenazas y la renegociación del TLCAN

Donald Trump: Las amenazas y la renegociación del TLCAN
enero 23
17:50 2017

El 20 de enero Donald Trump rindió protesta como nuevo presidente de Estados Unidos. Se espera que, poco a poco, las incertidumbres acerca de cuál será la línea política asumida por el nuevo mandatario se vayan disipando. Sin embargo, a juzgar por los nombramientos de su equipo, por sus continuos tweets, y por la conferencia de prensa realizada unos días antes de su investidura, no parece que habrá grandes sorpresas: Donald Trump procurará llevar a cabo las acciones de gobierno que planteó durante la campaña. Lo que sí es motivo real de incertidumbre es la manera en que un personaje tan reactivo y visceral se conducirá una vez que ocupe el salón oval.

A este respecto, es ilustrativo su último mensaje como presidente electo. Durante la conferencia de prensa, reiteró sus principales propuestas de campaña, aunque no ofreció mayor información acerca de cómo éstas se pueden cumplir o cómo éstas se concilian con las posturas asumidas por algunos de sus nominados para ocupar un puesto en su gabinete. Un ejemplo elocuente es su insistencia en la abolición del llamado Obamacare. Numerosos legisladores republicanos han reconocido las dificultades que implica su desmantelamiento cuando aún no se tiene idea de con qué se va a reemplazar. Todo indica que es una postura voluntarista basada en la idea de revertir el principal legado de la administración Obama.

Aunque los temas de la agenda bilateral México-Estados Unidos no ocuparon gran espacio, sí es importante señalar que Donald Trump ha insistido en sus amenazas: construcción de un muro que México deberá pagar, endurecimiento en contra de los inmigrantes sin papeles y renegociación y eventual cancelación del TLCAN. De hecho, para Donald Trump, la estrategia negociadora ya empezó.

Fiel a su agenda y a sus promesas nacionalistas y proteccionistas, Donald Trump ha desplegado una agresiva estrategia de presión con la intención de disuadir a empresas con planes de inversión en México (y también en China) de dar marcha atrás e invertir en suelo estadunidense. Primero fue Carrier, empresa que, a cambio jugosas ventajas fiscales, decidió reducir sus planes de inversión en su planta de Nuevo León. Posteriormente, ante la amenaza de enfrentar un arancel de 35%, Ford canceló una inversión de 1,600 millones de dólares para fabricar en San Luis Potosí su línea de autos compactos. General Motors, que produce el Chevrolet Cruze en México, y Toyota, con planes para producir el modelo Corolla en Guanajuato, han sido también objeto de amenazas, lo mismo que la alemana BMW.

Tal como el propio Donald Trump lo expuso en su libro sobre el arte de negociar, de lo que se trata es de presionar, adoptar una postura de fuerza y doblegar. Y eso es precisamente lo que desde ahora está haciendo con México: ablandando a la contraparte y, de entrada, inclinando el terreno a su favor para las negociaciones del TLCAN. A este respecto, son elocuentes las declaraciones del próximo Secretario de Comercio Wilbur Ross, quien, palabras más, palabras menos, señaló que “México depende de Estados Unidos y está en una posición vulnerable como lo ilustran sus problemas devaluatorios. Bajo esas circunstancias, a México no le quedará otra alternativa que negociar en los términos que Estados Unidos defina”.

El gran reto que la postura proteccionista de Trump y su equipo plantea a México es que no parece haber condiciones para argumentar que el libre comercio ha significado la articulación de cadenas productivas que, a su vez, han elevado la capacidad competitiva de la región norteamericana en su conjunto. Tampoco se prevé que pueda tener éxito la idea de que los empleos manufactureros que Estados Unidos ha perdido son principalmente el fruto de la progresiva automatización de su actividad industrial y a su evolución hacia una economía de servicios basada en el uso intensivo del conocimiento. En realidad, el presidente electo está atrapado en una concepción mercantilista de acuerdo con la cual, por definición, las exportaciones son buenas y las importaciones malas, de tal suerte que el comercio queda reducido a un juego de suma cero.

Así las cosas, es probable que el modelo que Donald Trump busque imponer sea el de un comercio basado en la administración de aranceles en función de situaciones coyunturales e intereses específicos que, definitivamente, erosionarían la certidumbre que hasta ahora han aportado las reglas del Tratado.

Se puede afirmar que estos desplantes proteccionistas terminarán impactando negativamente sobre la competitividad de estas empresas y sobre los precios a los consumidores norteamericanos. Pero el punto es que, para Donald Trump, no se trata de un asunto de racionalidad económica, sino de la convicción de que, a través de golpes de voluntarismo y de presión política, es posible regresar a la época dorada de la manufactura en Estados Unidos. Igualmente se puede cuestionar la legalidad de la imposición de un arancel del 35%, el cual sería violatorio de la normatividad multilateral en materia comercial. Pero la posibilidad de que las partes afectadas recurran a la OMC o a otros organismos similares parece tener sin cuidado al presidente electo. El riesgo que esta postura conlleva es el de desatar una guerra comercial que no sólo comprometería a México, sino a jugadores tan importantes como China y aun algunas naciones europeas.

De cara a estas amenazas, el gobierno mexicano debe asumir una postura estratégicamente inteligente que le permita negociar en los mejores términos posibles. Y, para tal efecto, la pieza clave no se limita a tener canales de interlocución con Donald Trump. Ante todo, será preciso trabajar en la construcción de una narrativa sobre el país que, al menos en parte, revierta la mala imagen de México en Estados Unidos. También será indispensable construir una amplia red de alianzas con empresarios, líderes de opinión, organizaciones promotoras de los derechos de los inmigrantes y gobiernos locales y legisladores de las entidades para las que la relación con México es crucial.

En paralelo, y habida cuenta de que la agenda de la política exterior no se termina en la relación con Estados Unidos, un reto no menor será redoblar esfuerzos encaminados a diversificar los vínculos con otras naciones o grupos de naciones. A este respecto, sin pretender ingenuamente que se pueden encontrar sustitutos a la relación con Estados Unidos, habrá que reforzar la presencia de México en foros multilaterales como el G-20 o la APEC, amén de impulsar la cooperación con los países integrantes de la Alianza del Pacífico e incrementar los nexos con Asia oriental y, en particular, con China, país que, al igual que México, es objeto privilegiado de las amenazas del presidente electo. No se debe perder de vista que, como lo planteó en la más reciente reunión de APEC y lo reiteró en la reunión del Foro Económico Mundial, China parece interesada en asumir un papel de liderazgo aprovechando el espacio que Estados Unidos, que ya renunció a seguir adelante con el proyecto del Trans Pacific Partnership (TPP), está dejando.

Lic. Pedro Javier González

pj1999@gmail.com

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