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Cultura democrática

Cultura democrática
marzo 21
2019

Los atisbos del arribo de nuestro sistema político a la democracia, son muy alentadores. Nuestra cultura política dista de ser democrática y, a pesar de ello, deseamos la democracia. Así lo denotan, por ejemplo, la participación, cada vez mayor, de la ciudadanía en los procesos electorales; la transparencia a que los medios de comunicación se han visto obligados; la existencia variopinta de organizaciones civiles que reclaman solución a diversos problemas que aquejan al país; la masiva y creciente participación de la población en las redes sociales, etc.

Sin embargo, la democratización del sistema político mexicano nos compete a todos. No es solo asunto de partidos políticos o de expertos en política. En este sentido, los ciudadanos comprometidos con el proceso de consolidación de la democracia en México debemos asumir que, solo con la participación de todos, dicha consolidación será posible. En nuestra historia mexicanos de diversas ideologías, han aportado, a veces con su vida, al avance del proceso. Agradecidos con ellos requerimos tomar conciencia de lo logrado y de lo mucho que aún hay que avanzar para llegar a una democracia plena: política, económica y cultural.

Nuestra democracia es aun nominal; sigue siendo aspiración insatisfecha. Reducir su concepto a un mecanismo electoral aceptable habla de una democracia estrecha y simplista. Que las elecciones deben ser pulcras es un requisito básico que debe cumplirse a cabalidad, pero la democracia no se agota ahí y menos en nuestra época que reclama una participación vigilante de los votantes sobre sus elegidos. En la actualidad, la democracia representativa se complementa, obligadamente, con la participación ciudadana, sobre todo en la toma de decisiones torales para la nación: El plebiscito, el referéndum, la consulta y la iniciativa popular, la revocación del mandato, mecanismos de la democracia participativa, están presentes con el lógico malestar de los intereses creados tanto de los legítimos como de los fácticos.

En cualquier caso, el precio de vivir en democracia no puede ser desorden, exclusión o confrontación, pues no son condiciones de una sociedad democrática; tampoco podemos pagar el precio de que quien más grita tiene la razón. La democracia a la que aspiramos solo puede ser producto de una maduración; implica una nueva forma de entender el Estado, el gobierno y las prácticas políticas que irán modificando la lógica del viejo sistema y reduciendo su carácter autoritario y discrecional.

En esa construcción, la democracia nos obliga a procesar, no a marginar, las contradicciones. Nada más normal en una cultura democrática que el reconocimiento de que nadie es poseedor de la verdad absoluta. Por ello la pluralidad política fecunda nuestra democracia, porque si bien es complejidad también es riqueza. El rechazo a la violencia y el respeto por el adversario y la tolerancia son virtudes básicas de toda democracia. La descalificación implica no tomar en serio la pluralidad y la democracia misma. He aquí un espacio abierto a la aportación de todos, pues somos una democracia aun carente de suficientes demócratas. No hay que olvidar que en la práctica democrática, la oposición, cualquiera sea su signo, también gobierna: Oponiéndose, es su importante función.

EPÍLOGO

Los mexicanos sabemos, intuitivamente, que una democracia de mayor calidad no desaparecerá en automático los vicios del poder ni los conflictos políticos, pero también sabemos que, a la larga, los controlará mejor. El credo de hoy es la democracia. Al margen de filiaciones partidarias, en las filas ciudadanas hay cada vez más demócratas. La cultura democrática permea, cada vez más, en la población, sus diversas organizaciones y aun en sus hogares.

C.P.C. Roberto Álvarez Argüelles
Expresidente del IMCP
mireyagarza14@yahoo.com.mx

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