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COP21: Camino hacia la transición energética

COP21: Camino hacia la transición energética
marzo 01
2016

Aunque la última reunión sobre cambio climático fue un logro histórico, habrá que estar atentos al cumplimiento de los acuerdos, pues no existe un marco legal que obligue a los 195 países a respetarlos.

Al concluir en París la vigésima primera edición de la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático, 195 países lograron un trascendental acuerdo sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, así como sobre diversas medidas de mitigación, adaptación y financiamiento. El objetivo es limitar el incremento de la temperatura global por debajo de dos 2ºC y realizar un esfuerzo para que no rebase 1.5 grados. El acuerdo ha sido calificado como histórico.

La historia se remonta a 1992, cuando a instancias de las Naciones Unidas se llevó a cabo la Cumbre de Río. En aquella ocasión, las naciones participantes abordaron una amplia agenda de temas relacionados con el desarrollo sustentable: deforestación, recursos hídricos, contaminación, biodiversidad y cambio climático; de hecho, puede afirmarse que fue en dicha reunión donde el tema del calentamiento global se colocó de manera explícita en la agenda multilateral.

Tres años más tarde, en seguimiento de las declaraciones de Río, en Alemania, la entonces recién nombrada titular de la cartera medioambiental, Angela Merkel, inauguró la primera Conferencia de las Partes (COP1). Se inició así un largo proceso de reuniones anuales orientado a consensuar estrategias nacionales y globales para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y contrarrestar el calentamiento del planeta. Como es sabido, en 1997 (COP3) se alcanzaron compromisos significativos (Protocolo de Kyoto) que, sin embargo, no se tradujeron en resultados concretos debido a que los dos principales emisores de bióxido de carbono (EUA y China) no suscribieron el Protocolo.

No obstante, se fue avanzando en la medida en que paulatinamente se fueron aceptando ciertos principios y mecanismos. Uno de ellos, propuesto e impulsado por México en la COP16, celebrada en Cancún, fue la creación del Fondo Verde, cuyo objetivo es canalizar recursos para apoyar los esfuerzos de reducción de emisiones de las naciones de bajos ingresos. También destaca el principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas. Este principio sirvió de base para que el año pasado, en la COP20 de Lima, se adoptara el mecanismo de contribuciones previstas y determinadas a nivel nacional.

Gracias a este mecanismo se promovió un acuerdo “desde abajo”, consistente en que todos los países declararan, libremente y según sus posibilidades, sus compromisos para reducir la emisión de gases de efecto invernadero con la idea de contribuir a que, a finales del presente siglo, la temperatura promedio del planeta no rebase los 2ºC en relación con los niveles preindustriales (actualmente, el incremento de la temperatura global ha sido de 1 grado).

Como un actor que, desde la COP16, ha dado muestras de voluntad en la lucha contra el cambio climático, México fue la primera nación emergente que dio a conocer su compromiso de reducir para 2030, en 22% las emisiones de gases de efecto invernadero y en 51% las de carbono negro. Asimismo, anunció contribuciones al Fondo Verde y el compromiso de generar 35% de la energía con fuentes limpias para 2024 y 43% para 2030. Estos propósitos, se sustentan en la Ley General de Cambio Climático y en la Ley de Transición Energética, la cual establece de manera explícita el mandato legal de cumplir con las metas arriba apuntadas.

Al igual que México, otras 194 naciones integrantes de la Conferencia han asumido sus compromisos, las llamadas contribuciones determinadas a nivel nacional. De igual manera, los países desarrollados convinieron en apoyar económicamente a los países en desarrollo iniciando con una base mínima de 100 mil millones de dólares cada año hasta 2025.

Como ya se mencionó, el acuerdo fue calificado como histórico por su carácter vinculante en tanto las partes han asumido compromisos explícitos y verificables. Sin embargo, no se puede perder de vista que, en última instancia, no hay mecanismos políticos ni jurídicos que obliguen a las partes a cumplir su palabra. La satisfacción de las metas propuestas depende en buena medida de la buena voluntad de los países para cumplir lo que prometieron en París. Así, por ejemplo, un riesgo no menor consistiría en que, en caso de que en noviembre de 2016 el Partido Republicano gane la presidencia de los EUA o amplíe su mayoría en el Congreso, este desconozca sus compromisos.

El acuerdo al que llegaron 195 países de todo el mundo es limitar el incremento de la temperatura global por debajo de 2ºC y hacer un esfuerzo porque no rebase los 1.5 grados.”

No obstante, lo acordado en París es un logro innegable que puede consolidarse en la medida que los esfuerzos diplomáticos se dirijan a buscar fórmulas idóneas para estimular el cumplimiento de los compromisos asumidos. Por ejemplo, se debería cuidar que los recursos que aportarán los países más desarrollados solo se dirijan a aquellas naciones que garanticen transparencia en la aplicación de los recursos y que cumplan con las metas a las que se comprometieron.

Por otro lado, habrá que ejercer una efectiva presión entre pares, es decir, que los países que vayan cumpliendo los objetivos que se trazaron presionen a los que no para que hagan los esfuerzos necesarios para alcanzar sus metas. La exhibición pública puede ser una vía eficaz para forzar a los gobiernos a cumplir. A este respecto, toda vez que dentro de cinco años cada parte deberá rendir cuentas sobre los logros o rezagos en el cumplimiento de sus metas, será vital que cada país sienta la presión de las demás naciones para cumplir.

Más relevante aún, para que el acuerdo de París funcione en el largo plazo y no quede sujeto a la voluntad de los gobiernos en turno, es necesario que la lucha contra el calentamiento global tenga un claro beneficio económico. Esto implica que los centros de investigación y desarrollo hallen fórmulas de sustitución de energías fósiles más atractivas que el consumo del carbón y del petróleo. La idea es convertir a la industria en una aliada de la transición energética. Si esto se logra, la postura de los gobiernos, que podrá ser variable en función de la evolución de sus respectivas coyunturas, será cada vez menos decisiva.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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