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Capital político. Expectativas de cara a la “Cuarta transformación”

Capital político. Expectativas de cara a la “Cuarta transformación”
octubre 01
07:00 2018

De acuerdo con la encuesta Mitofksy, 61 por ciento de los entrevistados cree que los resultados del próximo gobierno de Andrés Manuel López Obrador tendrán un efecto positivo en menos de un año.

Andrés Manuel López Obrador ha ofrecido que, durante su gestión, el país experimentará una “cuarta gran transformación”. Se trata de un objetivo realmente ambicioso en tanto los cambios que habría de impulsar el futuro presidente serán, por su trascendencia, equiparables a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

No es para nada claro si ese 53% que votó por el “cambio verdadero” en realidad suscribía de manera consciente y entusiasta el proyecto de la “cuarta transformación” o si ejerció su derecho al voto a partir del hartazgo con una clase política carente de credibilidad. Lo cierto es que, más allá del compromiso de inaugurar una nueva etapa de la historia de México, la ciudadanía, haya o no votado por el virtual presidente electo, le demandará respuestas puntuales a sus preocupaciones en materia de economía, alivio a la pobreza, seguridad y combate a la corrupción.

Pero, hoy por hoy, estas demandas se inscriben en un clima social francamente optimista que contrasta con el “mal humor” del que se quejaba el Presidente Enrique Peña Nieto. Mientras la credibilidad del gobierno que está por concluir se traducía en percepciones pesimistas acerca del presente y el futuro del país, Andrés Manuel López Obrador disfruta de una gran credibilidad que, incluso, raya con la fe.

Así, de acuerdo con las encuestas de Reforma y Consulta Mitofsky, se pueden constatar las expectativas optimistas con respecto a los principales problemas del país. En el caso de Reforma, se observa una mayoría clara que confía en que durante la presidencia de López Obrador el país mejorará en prácticamente todos los rubros: la economía, la educación, el bienestar social, la inseguridad y los servicios públicos, entre otros; solo en los casos de la corrupción y el abatimiento de la pobreza no se esperan avances sustantivos. En la misma dirección apunta la encuesta Mitofsky, con el añadido de que 61% de los entrevistados cree que los resultados positivos serán visibles en menos de un año.

En otras palabras, hay una gran confianza y expectativas muy elevadas. Este hecho, sin duda, da cuenta del enorme capital político de que dispondrá el próximo gobierno. Subyace, sin embargo, en este apoyo ciudadano un reto particularmente complejo. Así como la credibilidad y la confianza son altas, en la misma medida las expectativas son muy elevadas. Y la cuestión estriba en que no solo la vara está muy alta, sino que el horizonte de espera de la mayor parte de la población es corto (un año).

Para satisfacer estas expectativas, el nuevo gobierno tendrá, en principio, la mesa puesta: una correlación de fuerzas favorable. Cuenta con mayoría en ambas cámaras del Congreso de la Unión y en más de la mitad de los congresos locales; el peso del partido Morena será decisivo para aprobar los nombramientos en los órganos autónomos, según sus preferencias, al tiempo que sus 32 superdelegados tendrán la posibilidad de ejercer control sobre los gobernadores. En pocas palabras, y desde un punto de vista del mecanismo de pesos y contrapesos, no enfrentará riesgos importantes de que sus iniciativas de ley o su propuesta de presupuesto sean rechazadas por los legisladores o de que la implementación de sus políticas públicas pueda ser obstaculizada o distorsionada.

El próximo gobierno tendrá un amplio margen de maniobra para satisfacer las expectativas de la población. Gozará con la gran ventaja de que, en la mayoría de los casos, no necesitará negociar el apoyo de la oposición. Pero, en paralelo, ello significa que la responsabilidad por los resultados será solo suya.

Por ejemplo, no se podrán repartir culpas con una oposición que bloquea iniciativas clave o que modifica sustancialmente el presupuesto. Ciertamente, el control sobre la actuación de gobernadores y órganos autónomos, así como sobre el Poder Judicial no será pleno, situación que no anula el hecho de que ningún presidente ha tenido un margen de maniobra tan grande en los últimos veinticinco años.

No obstante, vale la pena subrayar que el amplio margen de maniobra no significa la ausencia de factores limitantes. Como ya se mencionó, la vara no solo está muy alta, sino que un porcentaje significativo de quienes apoyan a López Obrador espera ver resultados positivos pronto. Dentro del 53% de los sufragios favorables está el de quienes creen ciegamente en él y que al margen de los resultados seguirán apoyándolo, pero no todos los ciudadanos que votaron por él y que hoy confían en él se mantendrán fieles, sobre todo aquellos que votaron por hartazgo y no por afinidades ideológicas.

Su apoyo social está conformado por un mosaico plural en el que no todos están en la misma sintonía. Una de las grandes habilidades de López Obrador durante la campaña fue la de mantenerse en una cómoda zona de ambigüedad que le permitió atraer a sectores muy distintos: la izquierda radical, la derecha ultraconservadora, clase media, pequeños empresarios, líderes de sindicatos corporativos y de movimientos sociales muy disímbolos y, por supuesto, expriistas nacionalistas revolucionarios. En este sentido, la lealtad de la mayor parte de estos grupos no está garantizada.

La vara no solo está muy alta, sino que un porcentaje significativo de quienes apoyan a López Obrador espera ver resultados positivos pronto.

Otro posible contrapeso provendría de la sociedad organizada y de su capacidad para generar narrativas alternativas y construir alianzas con diversos grupos sociales e incluso con la oposición, escenario, cuya concreción aún está en duda.

Finalmente, en el terreno económico sí habrá un contrapeso de relevancia. El grado de confianza y de beneficio de la duda que los mercados le otorguen; el comportamiento de las inversiones, la opinión de las calificadoras y, sobre todo, las relaciones con el entorno global y los compromisos asumidos en el marco de los acuerdos comerciales y con diferentes agencias multilaterales. Todo esto marcará líneas rojas que difícilmente el nuevo gobierno podrá trasponer.

Dadas las complejidades que presupone el manejo de los grandes problemas nacionales, las elevadas expectativas de la población son un factor de riesgo para el próximo gobierno, sobre todo cuando se esperan resultados en el corto plazo. La pregunta es si, a partir de la pluralidad que caracteriza a la sociedad mexicana, podrán surgir tendencias que acoten los excesos de concentración del poder.

Lic. Pedro Javier González G.
Director de Seminario Político
pj1999glez@gmail.com

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