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1949-2014: 65 Años del Colegio

1949-2014: 65 Años del Colegio
mayo 30
2014

Una institución fuerte y unida es lo que se percibe actualmente. Igual que al momento de su creación, los Socios siguen trabajando cada día para contribuir al desarrollo del país y servir a la sociedad.

Casi tan viejo como yo, que acabo de cumplir 80. Mientras los hombres envejecemos con el paso del tiempo, las instituciones, cuando son buenas como el Colegio de Contadores Públicos de México, se fortalecen.

Le ha tocado vivir varios Méxicos: el del viejo PRI, en su época de progreso bruscamente cortada con los crímenes del 68 y del 71 comandados por dos presidentes de ingrato recuerdo, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, y la continuación de la llamada “dictadura perfecta” según Vargas Llosa, que concluye en el año 2000 con la entrada al poder del PAN, del cual mucho esperábamos y poco recibimos.

Ahora convive nuestro Colegio con el nuevo PRI, cuyo calificativo se lo ganará de acuerdo con los hechos y no los discursos. El ejercicio de nuestra profesión, en el sector independiente, en el empresarial o en el público, está inmerso en las políticas dictadas por los gobernantes en turno y no puede permanecer ajena a sus designios, sino al contrario, debe procurar influir en ellas para que nuestro país marche por la ruta adecuada.

Influir en ellas, ¿Lo habremos logrado? No lo podemos hacer en lo individual, pero sí a través de nuestras organizaciones, esto es, el Colegio y el Instituto Mexicano de Contadores Públicos (IMCP) al que pertenecemos.

Estamos inmersos en las políticas fiscales, en la conciencia del empresariado mexicano a través del dictamen de los estados financieros, y en el propio desarrollo económico del país, si incluimos a los miles de Contadores que trabajan en puestos clave del sector empresarial. Somos muchos, muchísimos, los que hemos recibido el título de Contador Público, somos pocos, muy pocos, proporcionalmente, quienes pertenecemos a nuestro Colegio. Pero esos pocos, unidos y con tesis audaces, sólidas y bien presentadas, son suficientes para poder convertirse en un factor de influencia en la marcha del país, aprovechando sus conocimientos fiscales, legales y administrativos y tomando en cuenta las posiciones estratégicas que tienen gran parte de sus miembros en el entorno económico en el que se desenvuelven.

Algo hemos hecho, no tengo duda, pero también pienso que es mucho menos de lo que podíamos y deberíamos haber hecho durante la vida de nuestro Colegio. Estamos en deuda con nosotros mismos. Debemos ver, como Colegio, no solamente lo que acontece entre las paredes de nuestro bello edificio (ahora también en otras sedes), sino asomarnos al exterior y ver lo que pasa en nuestro país y tratar de influir en su marcha apoyados en nuestros principios no solo técnicos, sino éticos.

NOBLE PROFESIÓN

¿Por qué soy Contador Público? No lo tengo claro. La decisión la tomé al salir de la secundaria a la temprana edad de 15 años, pues en aquel entonces no cursábamos la preparatoria. Mi primer trabajo, en el que solo duré ocho meses, me causó una gran frustración. Mi responsabilidad consistía en manejar las tarjetas de control de inventarios en un hospital y comprobar periódicamente que las existencias coincidían con lo que aparecía en mis famosas tarjetas. No sé cómo duré tantos meses en un trabajo tan aburrido. Por poco me cuesta mi carrera, pues tuve el riesgo de confundir la teneduría de libros con el ejercicio de la profesión de Contador Público.

Afortunadamente, y a la temprana edad de 18 años, saliendo apenas de la adolescencia, ingresé, por recomendación de mis queridos amigos Alberto Parás y Juan Orozco, al despacho de don Roberto Casas Alatriste. Mi mundo cambió drásticamente y mi visión de la profesión también. Aquí, en este extraordinario despacho, encontré el verdadero sentido de la Contaduría Pública independiente; el significado del dictamen de los estados financieros de las empresas; la importancia de la asesoría fiscal y, en su momento, la trascendencia de la consultoría al sector privado y al sector público.

El ejercicio de la profesión lo absorbí a través de las enseñanzas de los grandes maestros de ese despacho. Mi jefe directo, que no era Contador titulado, pero sí el más brillante de los Contadores, Agustín H. Rosenblueth, fue el más grande y apreciado de mis mentores.

Él me transmitió en forma directa los valores que Roberto Casas Alatriste había impuesto en su firma: la ética profesional por encima de cualquier interés personal; el amor al trabajo, lo que significaba, entre otras cosas, aguantar largas jornadas sin sentir el agotamiento que de ellas se derivaba; el respeto y la firmeza frente a los clientes, quienes en ocasiones tenían que soportar, contra su voluntad, las salvedades que incluía el dictamen de sus estados financieros; el respeto absoluto a las leyes, particularmente las fiscales y las relacionadas con el mundo empresarial al que atendíamos; el comportamiento digno –ejemplar, diría yo– dentro de las organizaciones a las que atendíamos… y muchas cosas más.

Roberto era un gigante de la profesión. Admirado por propios y extraños. Un hombre que amó profundamente a su profesión y que impulsó con todas sus fuerzas a los organismos que la representaban. Fundador de nuestro querido Colegio, junto con otros brillantes colegas como Rafael Mancera, Manuel Zumaya, Alejandro Hernández de la Portilla, Luis Pastor, por mencionar algunos. Platicar con Roberto era un verdadero privilegio y un placer inolvidable. Un muchacho recién salido de la adolescencia, el autor de estas líneas, sentado con el gran maestro, quien siempre estaba atento a escuchar los reclamos y las inquietudes de las nuevas generaciones.

En el despacho, en muy diversos momentos, tuve contacto con los grandes de la profesión, entre ellos, Manuel Resa, Rogerio Casas Alatriste, Óscar Chávez, Guillermo Preciado, Alberto Parás, Humberto Murrieta, Hugo Lara y muchos otros que sería largo enumerar.

El prestigio de una firma, o de una empresa, se reconoce por la calidad de su gente. El despacho Roberto Casas Alatriste, para mí, fue la catedral de la Contaduría Pública y no dejaré de proclamar las enseñanzas que ahí recibí. Me nominaron Socio Junior a la temprana edad de 24 años, poco antes de contraer matrimonio con mi queridísima esposa Martha González Morphy, con la que llevo solo 56 años de matrimonio. El despacho, mi despacho Casas Alatriste, en boca de Roberto, era una gran familia a la que todos pertenecíamos… y en esa gran familia colaboré durante 28 años.

EL GREMIO UNIDO

Todos queríamos y nos involucrábamos en las labores de nuestro Colegio de Contadores Públicos de México, al que llamábamos simplemente nuestro Colegio… sí, nuestro Colegio. Varios Socios de la firma, entre otros yo, lo presidimos. Era parte de nuestro trabajo. Era una extensión, así lo sentíamos, de nuestra Firma. Siempre tuvimos presencia activa en sus eventos y, naturalmente, en los del Instituto, que representaba –y representa- la profesión a nivel nacional.

Recuerdo apasionadas discusiones en los eventos nacionales sobre los temas que en aquel entonces eran de actualidad: la participación de firmas extranjeras en nuestro país (durante muchos años no pudieron utilizar su denominación extranjera); la incompatibilidad de la función de comisario de una empresa con la del Contador Público que dictaminaba sus estados financieros; la actuación de la DAFF (ahora SAT); la redacción del dictamen de los estados financieros, pues había una fuerte corriente para que se simplificara, y muchos otros temas que eran motivo de acalorados debates en el seno de nuestros organismos profesionales.

Ocupar la Presidencia del Colegio de Contadores Públicos de México era un privilegio –y sigue siendo- y yo tuve esa fortuna. Amé –y amo – intensamente a mi profesión. Amé -y amo- intensamente a mi Colegio. Luché, como Presidente, por incrementar el número de Socios, por darle la visibilidad que merecía ante la sociedad, por defender la posición de nuestros agremiados frente a la Secretaría de Hacienda y específicamente frente a la Dirección de Auditoría Fiscal Federal, cuyo director en aquel entonces era José Antonio Fernández Arenas; por impulsar los cursos de capacitación y hacer de esta actividad una fuente de ingresos, por mejorar las finanzas de nuestra institución, defender sus principios básicos en materia de ética y calidad de los servicios de la Contaduría Pública independiente… y muchas otras cosas más que llevamos a cabo junto con el grupo de consejeros, de enorme valía, que me acompañó durante los dos años que duró mi gestión.

El tiempo pasa y ahora, desde mis 80 años, contemplo a mi Colegio y me siento orgulloso de él, profundamente orgulloso. Presidentes que han entregado lo mejor de ellos mismos en favor de la institución. Órganos de Gobierno que vigilan que se preserven los valores que son el cimiento de nuestra profesión. Consejeros que cumplen su misión con verdadera devoción.

Cursos, cursos y más cursos para elevar la calidad profesional de los agremiados. Un bello edificio donde se encierra, preserva y divulga el conocimiento. Un ambiente cordial entre los colegas… y yo sigo trabajando, con gusto, a favor de mi Colegio, ahora como miembro –soy el decano- del Consejo Consultivo. Aquí me reúno con gran gusto y alegría con mis colegas expresidentes que integramos este órgano de consulta y, entre otras cosas, vigilamos el proceso electoral y nombramos a los integrantes de algunas comisiones vitales para la buena marcha del Colegio.

Nuestra profesión está íntimamente ligada a la vida de las empresas y me refiero ahora, en particular, a las privadas. Aquí se desenvuelve el Contador Público en los altos niveles de dirección, incluyendo la dirección general de grandes compañías como fue mi caso durante los últimos años previos a mi jubilación, en la asesoría externa o en el dictamen de los estados financieros.

El sector privado es el motor más poderoso de nuestra economía. Muchas y buenas empresas es lo que necesita nuestro país: pequeñas y medianas, que son la inmensa mayoría, y empresas grandes, que son la locomotora que arrastra a los carros del desarrollo.

La empresa exige dinamismo, audacia, visión de futuro para sobresalir en un mundo donde la competencia no solo a nivel nacional, sino cada vez más a nivel internacional es la regla del juego… y el Contador Público, integrante de esa dinámica, ha jugado y juega un papel fundamental para impulsar con su técnica, con sus principios y valores, o con su independencia, la marcha de esa locomotora. La influencia del Contador Público para que la empresa encuentre y no tuerza su rumbo, es definitiva.

Aquí operan sus conocimientos financieros y su profesionalismo, su ética, repito, su ética, para que la empresa sea o se transforme en una empresa socialmente responsable, con todo lo que esto implica: generación de empleos dignos, utilidades para los accionistas de acuerdo con su inversión, pago de impuestos apegado a la ley, preservación del medio ambiente, y tantas cosas más ¡Qué bello es ser empresario! Y qué bello es formar parte de ese cuadro directivo que conduce a la empresa, o ser uno de sus asesores o su auditor independiente.

El Contador Público independiente debe cuidar con esmero su prestigio personal y profesional. Es su mayor tesoro y su éxito está íntimamente ligado a él. El gratísimo recuerdo que tenemos de las grandes figuras que han formado parte de nuestra profesión lo dice todo. No hay dinero que pueda comprar su conciencia y su opinión profesional debe resistir las más fuertes presiones.

Ya vimos el desafortunadísimo caso de Arthur Andersen, quien por lucrar indebidamente con su actividad profesional se derrumbó escandalosamente, como si fueran las torres gemelas de Nueva York, perjudicando a miles de colegas nacionales e internacionales, y dañando, inevitablemente, el prestigio de la profesión. Aprendamos también de los errores.

El Colegio, nuestro Colegio, ha sido desde tiempo inmemorial, impulsor y guardián de la ética profesional y capacitador incansable de la Contaduría Pública, particular, pero no exclusivamente, de la independiente. Es notable observar cómo las firmas competidoras entre sí, imparten conocimientos del más alto nivel a quienes son sus competidores. Me explico: una profesión prestigiada beneficia a toda la Contaduría Pública y esto solo puede lograrse a través de la capacitación profesional de sus miembros y el Colegio es uno de los mejores medios para lograr este propósito.

Como decano del Consejo Consultivo observo con entusiasmo el desenvolvimiento de la profesión y hago votos por que continúe por el camino trazado y en el futuro cercano no solo se conforme con agrupar e influir en los colegas que forman parte de su Membrecía, sino que salga a la luz pública para dar un testimonio de ética y profesionalismo, de amor a la verdad, en un mundo inmerso en los valores materiales.

¿Será un grito en el desierto? No importa, atrevámonos a darlo, pues las mujeres y los hombres de este mundo también están ansiosos, muchos de ellos, de encontrar un camino donde sean los valores los que marquen la ruta y no solo el “bienestar material”. Quienes tenemos la dicha de la fe cristiana, no queremos presentarnos al Creador con las manos vacías, sino todo lo contrario: con el gozo del deber cumplido.

Siento vivo a mi Colegio, siento viva a mi profesión, y eso me da vida a mí mismo, al sentirme útil, a través del Consejo Consultivo, por servir a los demás. Mañana será otro día.

Por C.P.C. Alberto Núñez Esteva

Expresidente del Colegio de Contadores Públicos de México y

Presidente de Sociedad en Movimiento A.C.

alberto.nunez.esteva33@gmail.com

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